giovedì, ottobre 26, 2017

Interrupción I: No existe el amor infeliz



 
Por cuántos esfuerzos haga, mi reflexión no logra
aferrar el amor; me queda en mano sólo la con-
tradicción.
S.O. Kierkegaard, In vino veritas


Entonces; la puerta de acceso a la transformación de sí y del mundo no se encuentra en la reforma del Estado ni en la aceleración tecnológica, tampoco en la colectivización ni en la afirmación de la voluntad. Todos estos medios se ponen como tantas otras pantallas entre la verdad y la realidad de la existencia así que éstas jamás se encuentren; son como tantas otras exterioridades que ponen unos fines en un espacio y en un tiempo del cual nos separan mil parabrisas. Por eso durante la revuelta el primer reflejo es destruir, no sabríamos decir qué tan simbólicamente, el número más grande posible. Y esto se hace esencialmente para sentirse individual y colectivamente por fin aquí y ahora, se hace para disminuir el espacio que nos separa de nosotros mismos y aumentar la distancia con aquello que percibimos como hostil. Y es esta búsqueda de la inmanencia con uno y con los otros la que nos lleva naturalmente a pensar que la experiencia de la revolución y la experiencia del amor se parecen mucho, que comunican tanto entre ellas.
            Pensándolo bien parece como si la voluntad de cancelar la experiencia del comunismo en las décadas pasadas se moviera a la par con aquella de cancelar el amor. Así como el comunismo ha sido sustituido por una infinita e inconcluyente contratación de derechos, así también el amor se ha vuelto un hecho contractual, un empeño sobre el cual comerciar como se hace con cualquier otro aspecto de la existencia. El amor ya no conoce siquiera la experiencia del final: se le despide, quizá con un sms, y si vale la pena se le añade en un Cv.
            Un motivo de la analogía podría encontrarse en el hecho de que tanto el comunismo como el amor tienen una relación singular con el tiempo: luchan contra el presente, contra la realidad dominante, su posibilidad para devenir está siempre en relación con una imposibilidad en el presente. Ambas comparten el deseo de suspender la Historia, ambas instauran un estado de excepción, ambas quieren dispararle a los relojes y para ambas cada instante es el instante decisivo. El comunismo y el amor están además acomunados por el deseo de compartir intensidades en más de uno. Por eso, en la medida en que ya no se sabe qué cosa puede ser una revolución, tampoco ya se sabe qué cosa puede ser un amor. Pero también a la inversa: mientras más conocemos a uno, más capacidad tenemos de conocer a la otra.

Que el Yo ame a la Otra -que se pueda hacer experiencia del amor- no hace más que revelar la insuficiencia del Yo para conducir cualquier experiencia y, de revés, revela también la felicidad de la pura experiencia de la compartición; por eso aquella experiencia afectiva destituye al mismo tiempo Yo y la Otra, que se muestran como nombres totalmente inadecuados. Podríamos decir, con Gilbert Simondon, que el amor es máximamente desindividualizante, porque no sólo “la problemática afectiva es […] la experiencia en la cual un ser prueba no ser solamente un individuo”, sino también es aquella experiencia que “suspende el modo funcional de relacionarse con los otros en la cual otro sujeto, destituido de su función social, nos aparece en su más que individualidad”[1]. Yo destituyo a la Otra mientras esta lo hace con mi mismo y dentro de este “movimiento inmóvil” se hace una experiencia común del mundo. A menudo esto se descubre hasta después, cuando sufriendo el final de un amor sabemos, de golpe, que el dolor viene de la ruptura de este con-ser que implica una multitud de otras criaturas, objetos, narraciones, sonidos e imágenes que componían aquél mundo (en toda la extensión de la palabra mundo) que un amor constituye – un amor de hecho vive a su vez dentro de una constelación “transindividual”, por eso tiene una vocación antisocial, pero no antipolítica- y no ciertamente en función de una ofensa al Yo, el cual, por el contrario, aparece precisamente en esta ocasión no sólo como una ficción sino como aquello que obstaculiza el desplegarse de aquel mundo. Lo intuimos sensiblemente cuando reconocemos en la experiencia amorosa la labilidad de los confines del Yo, delimitados por una epidermis que sin embargo muere y se regenera cada día y cada noche. Y es un descubrimiento jubiloso. El amor aparece en el lugar en el que el Yo desaparece, y desaparece cuando éste se vuelve de nuevo visible. En el amor se permanece en dos, sin embargo, haciendo un uso singular de sí, a través de este afecto, no se es ya el mismo. En el desamor lo mismo regresa a ocupar su antiguo lugar. El amor puede ser una potencia destituyente por que es una de las raras experiencias a través de la cual accedemos naturalmente a un diverso y libre uso de sí y de la vida misma, algo a lo que podemos abandonarnos, o no. No es una elección, es una decisión.
Gershom Scholem, hablando de Benjamin en su libro sobre la historia de su amistad, ironizaba sobre él y no lograba comprender una cosa que su amigo repetía frecuentemente y con obstinación, una incomprensión que se enlaza con esa, profunda, que tenía el cabalista respecto al comunismo benjaminiano: “no existe el amor infeliz”, repetía Benjamin[2]. Scholem pensaba que tal convicción estaba en contradicción con la difícil vida amorosa de su amigo; una tesis francamente no sólo poco convincente por su pobreza de argumentos, sino también porque muestra, precisamente, una incomprensión de fondo respecto a aquello que Benjamin entendía por felicidad.
            Se puede decir, por el contrario, que existen individuos infelices por que, incluso con todo el esfuerzo del que hemos sido capaces, no hemos logrado evitar el retorno del individuo liberal en mi o en ella; o bien no somos capaces de acceder a la experiencia amorosa porque no se logra deponer el Yo. O también porque el individuo se pierde en el mandato de pensar la felicidad como algo que se posee o de lo que se carece como si se tratara de cualquier otro objeto, votando así desde el principio para ponerla en jaque; o, todavía, imaginándola como algo que se cumple o termina en el futuro, como banalmente se sintetiza hoy cuando alguien dice “tengo una historia”. El amor, como los otros oasis, puede aparecer como si fuera un refugio para el individuo, pero se confunde fácilmente con el desierto si se vuelve individualismo, si se acontenta con ser la compartición de un narcisismo a la segunda potencia.
            Ahora bien, cuando, contra toda razón, se materializa, precisamente en tanto se expone en el mundo como una forma de felicidad común y por lo tanto inapropiable, el amor es capaz de atravesar incluso los más desastrosos fracasos sin perder una pizca de su potencia, que es destructiva cuanto creativa. Pobre y potente, presente aún en la ausencia, como la revolución. Puede entrar en la vida en cualquier instante, como el Mesías. El amor permanece como una experiencia feliz aún en el abandono y en las más arduas dificultades, capaz de derrocar todo tipo de obstáculo que se le pueda poner enfrente haciendo uso de una violencia primitiva. Cualquiera que haya amado lo sabe bien. El amor es atravesado continuamente por líneas de intensidad extremas, por eso es un afecto exquisitamente político. Afirmar que no existe el amor infeliz significa entonces tomar posición contra uno de los mitos más fuertes y duraderos de la civilización occidental que, no casualmente, es el del amor infeliz, con toda la culpa y el destino de sufrimiento al que la humanidad está condenada.

Un día de 1983, durante una lección de su curso sobre cine, Gilles Deleuze hablaba de Nietzsche y de su concepción del amor, de la verdad y de la potencia del percibir. En un momento le sucedió decir que también en un amor desafortunado puede haber júbilo, si esta experiencia ha sido capaz de hacernos percibir algo a lo que antes no teníamos acceso. El amor es una de las posibilidades, la más potente, para aumentar la potencia de existir, precisamente por que nos vuelve capaces de percibir dimensiones de la existencia de las que no éramos capaces y en consecuencia destituir las supersticiones a las que estábamos sometidos, como aquellas representadas por el destino o la deuda inextinguible. Viceversa, la incapacidad de perseverar en un amor nos expone a la disminución de esa potencia.
            Deleuze se apresura a precisar que ni él ni Nietzsche son partisanos del liberalismo existencial o de aquello que hoy llamamos “poliamor¨: no nos están diciendo que hagamos una colección lo más amplia posible de relaciones amorosas; ellos dicen “entre más amen a alguien, más aumentan su potencia de existir y así se volverán más capaces de percibir cosas, si es necesario incluso cosas de naturaleza completamente diversa”, es decir percibir las cosas, las mismas cosas de antes, en un modo diferente[3]. Se trata siempre de un ligero dislocamiento del eje, esta vez el eje de una vida, su devenir real. La definición de la potencia es para Deleuze exactamente esta: no consiste en la relación en cuanto tal, sino en el afecto más la percepción. El amor es aquello por lo que nos volvemos conscientes de lo que significa pasar de un estado de la vida a otro, de una intensidad a otra más potente, y por eso incluso un amor desafortunado, derrotado, fracasado, si dá testimonio de este incremento de la potencia, permanece, siempre, una experiencia de la felicidad. Y dado que percibir a través de un afecto significa tener una perspectiva sobre el tiempo y en el tiempo, Benjamin sostendrá que la felicidad no tiene necesidad ni envidia del futuro, sino que está totalmente impregnada de la época en la que vivimos: “Podemos imaginar la felicidad sólo en el aire que hemos respirado, entre las personas que han vivido con nosotros. En la idea de felicidad resuena, en otras palabras, -y esto es lo que esta situación nos enseña- la idea de redención. Esta felicidad se funda precisamente sobre aquél malestar y aquél abandono que fueron los nuestros”[4]. Esta es la única educación sentimental adecuada al devenir revolucionarios, es decir aquella en la que el amor puede ser históricamente derrotado, seguramente, pero que, exactamente a partir de nuestra impotencia frente a ello permanece irreductiblemente una experiencia de la felicidad si somos capaces de redimirlo en el recuerdo. Que el ser al que se ama existe, que se desee que sea ahora y que se tenga la potencia de rememorarlo[5] es el hecho melancólicamente jubiloso que modifica nuestra percepción del mundo, aún si aquél ser está lejos o se ha perdido para siempre. Su cumplimiento no es un asunto de la Historia. Por eso Eloísa, respondiendo a su amado y ahora lejano, perdido, Abelardo, sostendrá siempre que ella preferirá recordar y así continuar amándolo contra cualquier mandato de la filosofía de él o de la moral social: el amor contra la Historia. Y todo lo que vale para los amantes vale para una comuna, un pueblo que viene, una clase revolucionaria; pues si es verdad que “yo no soy un yo, nosotros somos un nosotros”[6]; en el medio, entre el yo que depone el Yo y el nosotros que yo soy, está el sé que hace experiencia del mundo con otro. Sólo quien ha hecho experiencia del amor puede tener un acceso inmediato al comunismo. Y lógicamente, entre más sabremos amar a alguien, mayor será la posibilidad de su advenimiento.
            Por otra parte, la felicidad capitalista está, por el  contrario, toda proyectada hacia el futuro, aquello que nos es concedido en el presente es vivir colectivamente su abstracción, hecha cosa en la mercancía en la que nosotros mismos nos convertimos: amantes mesurados, valorizados, endeudados. Todos saben que en este mundo los amores se intercambian como las cosas y se pueden consumir infinitamente. Es una forma de felicidad que no nos da acceso a ninguna verdadera experiencia, que en vez de aumentar la percepción la disminuye sensiblemente, un estado del ser que puede vivir sólo de la ausencia de pasado, de sentido, de verdad y por lo tanto, de redención. ¿Existe el amor capitalista? No es fácil responder, lo que es seguro es que existe una versión liberalista del amor que afecta a cada lugar y a cada existencia como lo hace cada flujo de capital, y que se define por su práctica priva de sensibilidad, oportunista y calculadora, privada de una lengua propia y en la que el cuerpo es típicamente un valor de intercambio, una moneda de carne, donde el bien del Yo funciona como legislador absoluto –mi bienestar, por encima y más allá de todo- y como economista distribuidor de infelicidad, la cual, antes o después, fatalmente regresa allí de dónde ha venido y condena al Yo a una existencia carente de verdad, luego de amor y por lo tanto sumamente infeliz.
            Y obviamente, como nos ha enseñado Foucault, no es el sexo, la “sexualidad”, la que nos puede decir algo sobre “la verdad sobre sí y sobre el amor”: lo que salva es aquella intensidad que a través de este afecto somos capaces de soportar en cada nivel de la vida, esa capacidad de percibir que aprehendimos un día en la mirada de la otra e incluso esa capacidad infinita para vivir la felicidad por fragmentos, más allá del presente, más allá del abandono y del dolor de la existencia. Y quizá su secreto permanece en aquello que Benjamin, en su ensayo sobre las Afinidades electivas, llama “lo inexpresado”, lo cual es definido como un “arresto” de las apariencias que permite el surgir de lo verdadero. En aquello que permanece como no vivido en un amor, y esto vale también y sobre todo para un amor que dura toda la vida, quizá demora su más profunda verdad.

Tu eres la revolución”, dijo un día el amante a la amada. No era, viéndolo bien, una afirmación, sino una pregunta. La respuesta, si existe alguna, como siempre se encuentra en la vida misma.


Extracto del libro:
"Non esiste la rivoluzione infelice"
de Marcello Tarí


[1] Muriel Combes, Simondon. Individu et collectivité, Puf, Paris 1999, pp. 55 y 67.
[2] Gershom Scholem, Walter Benjamin. Storia di un’amicizia, Adelphi, Milano 1992, p. 96.
[3] Cfr. Lección del 13/12/1983, sección 3, www.2.univ-paris8.fr/deleuze/article.php3?id_article=273.
[4] W. Benjamin, Sul concetto di storia, Einaudi, Torino 1997, p. 128.
[5] “Toda fuerza de vida interiorizada deriva sólo del recuerdo. Sólo el recuerdo da al amor su alma”. W. Benjamin, Le affinità elettive, en Angelus Novus, cit., p. 218.
[6] J. Taubes, La teologia política di san Paolo, Adelphi, Milano 1997, p. 108.

sabato, novembre 12, 2016

identidad del amor


Para Alejandra


El amor, es sabido, no es una emoción.
Por mucho tiempo se pensó trabajo, devoción, que disparates.
Los más lo viven -ente debilísimo- en la forma de la relación.
Como si éste uniese al este y al oeste: arco del sol o flecha del cupido.
Como si el este y el oeste necesitasen de ser unidos.
Dos
sola diferencia, el amor no es nada más que un solo nombre, un nombre hermana, reservado, preservado en la perforación que exige y sujeta juntos todos los tiempos, todos los rostros y los nombres de aquellas y aquellos quienes han amado.
A ese nombre se agradece.
En él, protector de hombres, este vencedor capitulado se encuentra y todavía permanecemos extraños. 
A él podemos confesar (no sin salvajismo) nuestro mayor pecado:
el de encontrar belleza en todas las partes y crueldad
el de habernos fundido con el río y con la chinche y con la hierba que nos mece y así
la degeneración adorando y lo indigno hasta la obsesión
como una garrapata la masturbación como el rapto místico; brújula que besa el rostro de satán y va de retro a la pura mala fe.
Agua de rosas y saber porqué lloro Alexa, escort y activista transexual estrangulada en un cuarto de hotel, con toda aquella inocencia bajo proceso que el nombre alivia, casi.
Tres
en este teatro de sombras; solo negro ser de los espejos ahí
Gog no tiene nombre y miedo sólo es su reflejo.
Por que uno no es el anticristo (montado sobre el gigante Leviathan)
como tampoco es uno el salvador y así
nada separa sin separarse de ti.
Paz sin pacificación, rueda sin centro, para el tapir el lodo es un templo
la sangre es cerveza para el jaguar.


L’amore, è saputo, non è un’emozione.
Per molto tempo si pensai lavoro, devozione, che frottole.
I più lo vivono –ens debilissimum- nella forma della relazione.
Come se questo unissi l’ovest all’est: arco solare o freccia di Cupido.
Come se l’est e l’ovest avessero bisogno di essere riuniti.
Due
sola differenza, l’amore non è niente di più di un nome, un nome fratello, riservato,
preservato nel foro che esige e insieme tiene i tempi tutti, i volti tutti e i nomi di quelle e quelli chi hanno amato.
A quel nome si ringrazia.
In esso, protettore di uomini, questo vincitore capitolato si ritrova e tuttavia rimaniamo estranei.
Ad esso possiamo confessare (non senza ferocia) il nostro maggiore peccato:
quello di trovare la bellezza in tutte le parti e crudeltà
quello di averci fuso col fiume e con la cimice e con l’erba che ci dondola e così la degenerazione adorando e lo indegno fino l’ossessione
come una zecca la masturbazione come il rapimento mistico; bussola stregata che bacia il volto di satana e va di retro alla pura cattiva fede.
Acqua di rose e sapere perché piango Alexa, escort e attivista transessuale strangolata in una stanza d’albergo, con tutta quella innocenza sotto processo che il nome lenisce, quasi.
Tre
in questo teatro delle ombre; solo nero essere degli specchi lì
Gog non ha nome e paura è soltanto il suo riflesso.
Perché uno non è l’anticristo (sul dorso del grande Leviatano)
come uno non è neanche il salvatore e così
niente spezza senza spezzarsi di te.
Pace senza pacificazione, ruota senza centro, per il tapiro il lodo è un tempio
il sangue è birra per il giaguaro.

domenica, luglio 03, 2016

su tiempo


Ciudad Coraza,
luna llena-menguante de abril en libra, 1437.


Generación 2012-2016 de Casa del Teatro

Preludio

            ¡Jóvenes ilustres! Hasta acá se escucha el tronar del tiempo, la fiesta que hace de aquél caníbal un instante y se ofrece a las manos, caricia y puño, para que se vuelva el suyo.
Disculpen aquellxs que se habrían alegrado de nuestra compañía en su festejo, en el umbral de su Jano Bifronte, pero las últimas fiestas en la Casa me han dejado más bien indispuesta a confundir, otra vez, Dionisio con Don Julio. Pero celebro igual.
Celebro escribiendo, cumpliendo el compromiso que hice con alguna de ustedes de tirar unas líneas después de asistir a su Amor-Amor y aquí están. Pequeño, raro, regalo. Incompleto y fragmentario, difícil en su tarea de procurar evitar el apunte técnico, el comentario personal o el análisis semiótico. Así que aquí no nos detendremos en la dicción de aquél ni la energía de aquella, menos aún en el sentido de la arena o en las virtudes y los vicios de su apuesta.  Estoy segura de que en todas esas cosas ustedes son las más versadas si se trata de su creatura. “La esencia de la técnica no es nada de técnico” y aquí se quiere sobre todo celebrar, o mejor, conmemorar: recordar algo juntxs. Y también vaticinar, augurándoles más poesía, más poética, en este abrazo inaparente de una soñadora dionisiaca di quien fueran por un año pupilas. Gracias por permitir a la luz entrar.

I.- Silencio…

II.- ¿Quiénes somos?

            Quizá soy el que fuè su maestro. O aquèl que intentò serlo y que quizà no fue lo suficientemente ignorante para lograrlo. Tambièn (en teoría) ustedes podrían ser lo que queda de aquellxs que fueron mis alumnxs y que quizá tampoco supieron saber màs precisamente todo aquello que ignoraban (para usar una expresión conocida por ustedes aunque hoy parezca desconocida para el Viejo maestro que se las enseñó). ¿Pero somos a caso simplemente lo que queda de lo que fuimos? Lo dudo mucho. Recuerdo ese momento que algunos insistirían en llamar el origen de nuestra historia juntos y que yo llamaría un vórtice: nuestro primer encuentro aquí. La asignatura lleva el título hermosamente mamón de Genealogía de la Actoralidad y, hasta donde recuerdo, nuestra primera discusión fue precisamente sobre los sentidos de la palabra “genealogía” (leíamos a Deleuze desde el principio). Confrontamos entonces la visión arborescente de la genealogía con una visión rizomática y concluímos que, en algunos de esos sentidos y por lo que se refiere a la tradición de la actuación, uno cualquiera puede decidir la herencia que desea sea hecha la propia.
Ya se van, pues, así que decidan lo que se llevarán de esa Casa y decidan bien, les auguro; sabiendo también que uno no puede construir su vida, su forma-de-vida, su obra-de-una-vida (que es también la vida-de-la-obra), sola y exclusivamente dilapidando una herencia. Una cosa o la otra no estarán en su lugar, por omisión o por exceso: más canto y voz, menos certezas, más justicia, menos “realismo”, yo qué sé (ustedes lo saben mejor que yo). Yo lo que recuerdo es que hablamos, siempre con Deleuze, de cómo el deseo no lo pensamos como falta o carencia, sino más bien como exceso que deviene en producción, tanto praxis como poiesis.
El proceso perfecto no existe; no obstante, su deseo, si poético, es un proceso en el que pueden confiar perfectamente.

III.- Pausa, negación.
Queridas, queridos, no teman a la pausa, al gag, a la interrupción, se me ocurre decirles.


IV.- Nuevo comienzo.

            Hace casi cuatro años, en 2012, cuando Peña estaba por asumir la presidencia, comenzamos nuestros encuentros de esas materias que llevan nombres tan pretensiosos cuan carismáticos: Genealogía de la Actoralidad y Estructura del Pensamiento. Nosotros, en aquél entonces, comenzamos hablando de Genealogía y ustedes terminan hoy de alguna manera hablando de genealogía también. Así, si me permiten, podemos decir que nosotros y ustedes otra vez se vuelven indiscernibles allí dónde origen y destino se colapsan y el tiempo, por un instante amor, se detiene. Pero lo que verdaderamente anonada es la constelación que estalla en el compartir desde los mayores desengaños hasta los más bajos misterios, la de haber sido enemigos de clase, amantes en secreto, chivos bandidos; vórtices también y vértigos y verdugos. En fin, todo un drama, con sus capitómbolos y sus peripecias, sus catástrofes y sus finales felizmente tristes. En fin, con su son; su generación.
            Generación: ¡qué palabra! Allí retumban el género y la génesis y los genes y, por supuesto, la genealogía. Y fue muy triste verlos la primera vez y no ver su generación o, más precisamente, verles atrapados en una generación en la que la verdad se ha vuelto un momento necesario en el movimiento de lo falso, en la que lo colectivo se entiende sólo como una suma de lo individual. Fue todo un problema su genealogía y se entiende que no se encontraran hasta el final. Les falta sin embargo otra cosa: el mismo proceso para develar la verdad que fue necesario entre ustedes (que son pares, que son fuerzas), llevarlo a cabo en relación con esos lugares en los que las fuerzas se han cristalizado. No sucumban, no simulen. Verles en escena es siempre una pregunta emocionada, un salto en el espejo, un cielo y un abismo. 
Hablando de saltos:

“El salto del derviche es
el tormento radiante del Amor,”

Su generación o su director o su dirección decidieron hablar de Amor, no escuchando las sugerencias de Rilke en las Cartas a un joven poeta. Hablar de esa experiencia común y rara, fuente aparente de las paradojas de los sauces llorones y de la verdades de los tubérculos, es peligroso para una joven poetisa como saben. La dramaturgista nos regaló un texto adorable, una poesía joven que busca la vitalidad juguetona de un viejo sabio. El director y su equipo les ayudaron a construir una apuesta arriesgadísima, con un grado de dificultad (y complicación) que, parafraseando al poeta cubano Lezama Lima, sólo puede resultar estimulante. Estoy seguro que a pesar de lo que se diga, su Casa está orgullosa de ustedes y sus compañerxs más jóvenes reciben un buen ejemplo que les motiva. Yo, como me pasa a menudo cuando voy al teatro, andaba necesitado y encontré más, de lo que necesitaba.

Salud.

lunedì, febbraio 22, 2016

de espaldas (a Orfeo)


Después de tanto juez y parte, de tanto parto y partida de frente; de tanto ver hasta lo invisto e invidente mirar el lunar en la boca, el puto punto ciego, la pinche viga famosa y al mezquino arrugarse también; tras tanto y tanto guiño cìclope y pasmo de ojo tan insaciable cuan indigesto que fácil recorta, la distancia cortando e insecto; ¿sabes algo? no sé, quizá, llegó la hora de ya no darnos la mano ni la boca, de pará y para parar en un tiempo y darnos y darnos, con todas las espaldas y dejar de vernos: de frente, de perfil, pero sobre todo de reojo y de reojete.
Quizá, si podemos no mirarnos más, no conocernos más (tanto ya sabemos que somos, quién más quién menos, en un desastre), quizá podemos ya no desesperar y ya mirar nada más hacia otros lados, más peligrosos, más desesperanzados, desapercibidos. Quizá podemos ya no penetrarnos hasta ya no saber de quién son los ojos; quizá ya sólo sentir un calor, una nuca erizarse los pelitos que lo diga todo lo que hay, para saber. Quizá aún reconocer, ahí, a treintaitrés abuelitas calientes y en fila que nos sostienen. Quizá darnos sólo los culos, las espaldas, los talones de Aquiles y las benditas corvas. Quizá cuidarnos de no dejar de dar y dar la espalda, para salir del infierno. Pero no como Orfeo, el cursi. ¿Podremos no?

mercoledì, febbraio 17, 2016

"Lamento" y "Allegro racconto per Mario (senza stile, né utile)"


LAMENTO

Poder no poder dice,
natura, callada,
callada,
las ramas de un árbol suplicante
y raíces rojas,
rojas a la tierra.
Flores.
Gato hambriento nada mudo.
Tantos parlanchines.
Tantas taras,
que producen
¿qué producen?
Qué sueño tonto el del eterno hermafrodita.
Qué mundos de mentira.
Y ese humo sentado que escribe que da risa.
Y esa hueca cabeza que canta que te ama cuando el amor no se canta es un canto de por sì.
Y suelta, el grillo, su lengua nada ingenua.
Y el agua ya sin llanto y el río,
que suena, nada lleva.



ALLEGRO RACCONTO PER MARIO (SENZA STILE, NÉ UTILE)

Caro Mario,

- Cuentame algo un dia. Quello che vuoi basta che sia nel tuo stile. Una bella cosa che ti è capitata... Se ti va... - mi hai scritto l’altro giorno, dopo tanti anni.
Ma guarda che sei un vero paraculo però! Va bene.
Ci ho dovuto pensare per alcuni giorni perché veramente la situazione è tragica intorno. Qualche giorno fa un'altra donna, Anabel Flores, giornalista, è stata rapita, torturata e uccisa. Il papa è qui e non parla di quello che dovrebbe mentre mio padre sta morendo (come tutti, soltanto più velocemente) e non può parlare per effetti di certi oppiacei che aiutano con il dolore. Tutte le settimane (se non tutti i giorni), c’è una scena dello spettacolo dell’orrore: ragazzi e ragazze rapiti e assassinati o fatti scomparire; migranti disperati, corruzione e abusi da tutte le parti. Figurati che il tacchino di Natale cucinato da un maestro chef era scotto e, in più, andato a male. L’intera casa, curatissimamente addobbata a festa, puzzava di marcio mentre mia madre e mia sorella negavano quello che i loro delicati nasi urlavano ai quattro venti. Abbiamo mangiato il tacchino marcio lo stesso (metafora di tutto uno stile di vita). Ma aspetta, prima di dire altri deliri sappi che la richiesta di stile mi sembra una richiesta autoritaria. Poi io quasi tutti quelli che conosco che hanno uno stile sono degli stronzi. Manco posso dire manieristi, perché noi intendiamo il manierismo come una destituzione dello proprio, una distruzione metodica, una resistenza o esodo dal proprio stile (forse anche un abbandono del proprio stile-di-vita). Quindi diciamo qui meglio signatura per essere accondiscendenti con la l’ossessione che m’affligge. Per ultimo, scusa anche per il mio italiano, non è la mia lengua quella che parla, magari fosse quella de los muertos.

Quindi, una bella cosa. Dopo La grande bellezza, caro, mi metti in difficoltà. So quanto ti sembra mistificante Sorrentino ma è una mia debolezza, un mio limite (a proposito, che ne pensi d’Iñarritu?). Forse ti dovrei raccontare sulla bella e anticipata derrota che è stata “Il Chiquero”. Ti dico derrota perché una ragazza (piuttosto stronza) mi ha insegnato che viene dall’linguaggio marittimo, dallo slang dei marinai (anche profeti e balene), e significa insieme a “fallimento” anche “cambio di rotta”: il colpo di timone che si dà davanti a una minaccia incombente (sarà stronza, ma è molto intelligente). Comunque, il vero gesto nel “Porcile” solo trova il suo senso essenziale se il porcile si ferma, se gesta in un altro mondo. Aldiquà dell’aneddoto, uno no può prendersi sul serio quello che abbiamo detto, quello che Pasolini ha detto in quel pezzo, e non andarsene. E questo andarsene ha a che fare col nucleo di quel piccolo gesto, di quella obrita che è stata la messa in scena, che è la messa in scena di qualsiasi spettacolo. Quella piccola e inaudita messa in scena, quella derrota che taluni chiamano un successo, non avrebbe senso per me senza di questo andarsene. E così, questo andarsene ha a che fare con la tua domanda, con la cosa più bella che mi sia capitata da che sono tornato in questo paese senza aggettivi. Una cosa che è meno che una cosa, che è piuttosto una cosetta, una cosuccia e per di più, una cosaraccia di poca monta: un piccolo libro che mi è capitato e che, forse, tu già conosci.
Questo libro, che si dice una modesta contribuzione all’intelligenza del nostro tempo, non è un romanzo ma racconta, non è un libro di filosofia ma pensa, non è poesia ma nasconde un canto. Se ha una qualche somiglianza con un manifesto lo fa come un manifesto in meno, non prescrive eppure indica. Di certo non è un libro di rivelazione, eppure non poso non dire che c’è del mistero fra le sue righe. Parte della sua autorità radica precisamente nel suo non avere propriamente un autore. Se è un dispositivo di visione della situazione presente, non è sicuramente ideo-logico, perché il teatro d’operazioni non è mai ideologico, il suo sguardo è piuttosto frutto di esperienza, di un “empirismo di una specie molto particolare”, di gesto trascendentale, che l’unica cosa che trascende è la trascendenza stessa. Quell’immanentismo radicale, quindi, che si ritrova nei più interessanti pensatori sull’etica nell’occidente e non solo. Questo libro si chiama “Ai nostri amici”. Che dolcezza.
La storia di come mi sia capitato in mano questo libro è anch’essa bella e misteriosa. Circa dopo un anno di essere tornato in Messico, è venuto a trovarmi dall’Italia un amico, un giudice promiscuo (il termine è tecnico). Come è giusto che sia, l’ho portato in giro per il sud, per il Chiapas. Ci siamo fatti, come dovuto, tante fotografie insieme, molto belle, nella giungla, sui templi dei Maya, sulle rive del mare caraibico e nei paesini che parlano altre lingue. Il tutto è stato tramesso in diretta sul fecebook (abbonando così a certa reputazione omosessuale che mi sono fatto a Città del Messico, come se io fossi solo omossessuale, o solo bisessuale, o solo eterosessuale o transessuale; si sa poco dell’erotismo delle ninfe in questo mondo). Comunque, quello che invece è rimasto ostinatamente osceno di questo viaggio è stato l’incontro.
 In un paesino sulla costa del caraibe che si chiama Majahual, un pesino dove ero stato qualche anno prima insieme a Francesca e che ora e tutto controllato dai Z, lì, ho incontrato una civetta. Si, una civetta come quella che distingue Atena, dea degli artigiani, della sapienza, della guerra e si, anche di quel evento del incontro fra le leggi degli uomini e le leggi degli dei. L’ho incontrata in un antro piuttosto squallido (come diventano tutti i posti dove regge lo “stato d’eccezione”). Tequila, mariachi e sangria e già mezzo o molto ubriaco e cercando una storia d’amore dopo l’ennesimo e più brutto fallimento, mi sono avvicinato e l’ho invitata a danzare. Lei per scherzo girò la sua gonna e si mise a ballare e, come abbiamo danzato!, e lei disse il cuore del mio amore batte come mai più. Poi, senza preavviso, è volata via la strana civetta; perdendosi in mezzo al buio della notte tropicale. Allora pensai che non l’avrei incontrata mai più, però il destino (o quello che noi ingenui col segno di poi chiamiamo destino), scherzava in altri diagrammi per noi.
Appena arrivati in un altro porto io avevo la testa, come il solito, là, inchiodata a quegli occhi immensi che avevo lasciato. Che cosa è mai questa cosa senza nome? Quale tiranno mi comanda? Perché contro tutti gli affetti io debba osare quello che mai ho osato di osare? Sono io questo? O chi? E lei era lì. Mi attendeva sempre altra, serena, poggiata candida sulla verga d’un vascello naufragato. L’oscenità di quello che è successo dopo preferisco di no violentarla. Baste dire che siamo diventati amici, che lei è tornata molte altre volte e che continua a ritornare anche se la sua terra è lontanissima.
E’ stata lei, una civetta, questa civetta che era andata in una “piccola scuola” e che aveva toccato con le sue ali la realtà, colei che mi ha consegnato, un giorno qualsiasi, questo libro di cui ti ho parlato. Mentre lo metteva nelle mie mani ha detto soltanto “Questo libro è per te” per volare subito dopo in un silenzio che soltanto le civette bianche conoscono. Ed io, in mezzo a quel silenzio ho cominciato a leggere e non mi sono fermato più. Non mi sono fermato neanche dopo che questo libriccino è finito, perché infatti il libro non è la cosa più bella né più importante. Ho continuato a leggere e continuo ancora a leggere, ma quello che leggo forse non è mai stato scritto. Volevo fare fotocopie e condividere con tutti (i tre) amici che avevo questa scoperta, questa vertigine, questa scommessa. Sentivo d’essere parte di una congiura invisibile lontano da questo “stato d’eccezione” che è divenuto la regola. E quanto mi sono sorpreso nello scoprire che, infatti, ero già sempre invischiato in una congiura, ma non nel modo in cui credevo, o forse si? Congiurare: evocare ed espellere, bandire, abbandonare, divenire bandala. Perché lo stesso giorno in cui ho portato il testo in facoltà per fare delle fotocopie, mentre parlavo con un tipo, mi si è avvicinato un ragazzo, solo a me; e senza dire una parola mi ha consegnato un pezzo di carta, una fotocopia che diceva in sbiaditi caratteri “A nuestros amigos: encuentro para discutir el último libro del comité invisible”.
Sono andato a questo incontro non senza una giusta paranoia. E’ vero che lì dove appare uno qualsiasi possiamo aspettare, prima o poi, i carri armati, e infatti non è mancata la presenza, ancora discreta, dei servizi di “sicurezza”. Già lo sai che qui non importa se fai o non fai né quello che fai, comunque in qualsiasi momento puoi scomparire. Quindi più importante di quello, lì ho incontrato una banda di ragazzi e ragazze, sicuramente giovani (c’è chi mi accusa d’infantilismo perché non ha capito che “l’unica patria è l’in-fanzia”), coi quali stiamo imparando a divenire mezzi puri. Insieme cercando un gesto, una forma, un territorio o meglio, un terruño. Il terruño sta nel Chiapas, fra colline e fiumi. Non nelle zone degli amici che sono dovuto andare in Italia per capire di nuovo che sono i veri amici. E’ piuttosto in una zona di caciques e terratenientes. Trenta e trè ettari di giungla per trovare una forma. Lo sai in mezzo a questa bellezza ho ritrovato anche un altro libro, uno che tu e Betta mi hanno regalato. Nella dedica che hai scritto il 18 ottobre 2008 sul Walden dice: “consigli e strumenti di vita pratica per ‘ingannare’ il tempo”. Minkia! Pure Wittgenstein se ne è andato nel bosco e ha costruito una casuccia. Ecco il cuore di questa congiura. La potenza dello stare insieme (perché Walden e Ludwig, seppure in solitudine, non erano da soli). La vita nel costruire una casuccia, una tana forse. La vita nel esodo di un grancio.
 Ora si lavora, da vicino, da lontano, virtualmente ma non troppo, si buscano risonanze, accordi discordanti, contradizioni migliori di quelle che abbiamo qui, perché non tutto qui si riduce a due poli e quindi non sono manco propriamente contradizioni. Sono campi di forze, di affetti, di desideri, di misure e dismisure.  Sicuramente un incremento della potenza, un trovare molto di più di quanto uno si è portato nella mischia (o due, manco la terza persona basta per congiurare). Siamo danze di moltitudini sulle onde gravitazionali, mute e famiglie, tonali e nahuali coi visi colorati da un’infinita di lingue, lingue blue e arancione e più che tutti i pantone. Perché conformarsi solo con i colori presenti nell’arcobaleno?

Quindi caro Mario, ecco un frammento, un capitolo di una bella cosa che mi è capitata, che ancora mi sta capitando e che può non smettere di capitare e capitolare. Spero ti abbia strappato qualche sorriso. Sé lacrime, perfetto. Non sono le passioni tristi il problema, sono le passioni scomunali quelle che ci affliggono.
Ti abbraccio fortissima e spero in un tuo racconto, bello o brutto fa lo stesso. Basta che tu lo condivida con me.

                                 Tuo,
                                            v.

Ps.- Ti lascio anche un bel video argentino che forse può piacerti. 
                        https://vimeo.com/113569905
Ps2.- Un'altra bella storia: abito con due gatti. Due gatti trovati abbandonati nelle strade di questo mostro che ancora chiamiamo città. Uno, bruno, forte, agile e intelligente, si chiama Santos, ed è il gato montès. L’altro, biondo, buffo, timido, amoroso e nervoso, si chiama Magritte, ed è il gato burguès. Ho dovuto castrarli a entrambi (una decisione veramente difficilissima da prendere). Ma quello che già sapevo ma comunque ho imparato è che quelli che pensano che la potenza stia nelle palle, non solo sono ottusi (per non dire degli imbecilli), ma, soprattutto, non potranno, mai, divenire-gatti.



sabato, settembre 19, 2015

Pier Paolo Pasolini "Profecía"

A Jean Paul Sartre, que me ha contado
la historia de Alí el de los Ojos Azules.

Alí el de los Ojos Azules
uno de tantos hijos de hijos,
descenderá de Argél, sobre barcas
a vela y de remos. Serán
con él miles de hombres
con los cuerpecitos y los ojos
de pobres perros de los padres
sobre las barcas varadas en los Reinos del Hambre. Traerán consigo a los niños pequeños,
y el pan y el queso, en las cartas amarillas del lunes de Pascua.
Traerán a las abuelas y a los asnos, sobre las trirremes robadas a los puertos coloniales.
Desembarcaran en Crotone o en Palmi,
en millones, vestidos de andrajos,
asiáticos, y de camisas americanas.
Inmediatamente los calabreses dirán,
como los malandrines a los malandrines:
"¡He aquí a los viejos hermanos,
con los hijos y el pan y el queso!"
De Crotone o Palmi subirán
a Nápoles, y de allí a Barcelona,
a Salonica y a Marsella,
en las ciudades de la Malavida.
Almas y ángeles, ratas y piojos,
con el germen de la Historia Antigua,
volarán delante a las vilayas.

Ellos siempre humildes
ellos siempre débiles
ellos siempre tímidos
ellos siempre ínfimos
ellos siempre culpables
ellos siempre súbditos
ellos siempre pequeños,
ellos que nunca quisieron saber, ellos que tuvieron ojos sólo para implorar,
ellos que vivieron como asesinos bajo la tierra, ellos que vivieron como bandidos
en el fondo del mar, ellos que vivieron como locos en medio del cielo,
ellos que construyeron
leyes fuera de la ley,
ellos que se adaptaron
a un mundo bajo el mundo
ellos que creyeron
en un Dios siervo de Dios,
ellos que cantaron
a las masacres de los reyes,
ellos que bailaron
en las guerras burguesas,
ellos que rezaron
por las luchas obreras...

... deponiendo la honestidad
de las religiones campesinas,
olvidando el honor
de la mala vida,
traicionando el candor
de los pueblos bárbaros,
tras su Alí
de los ojos azules - saldrán de debajo de la tierra para asesinar -
saldrán del fondo del mar para agredir - descenderán
de lo alto del cielo para robar - y antes de llegar a París
para enseñar la alegría de vivir,
antes de llegar a Londres
para enseñar a ser libres,
antes de llegar a Nueva York,
para enseñar como se es hermano
- destruirán a Roma
y sobre sus ruinas
pondrán la semilla
de la Historia Antigua.
Luego con el Papa y cada sacramento
irán sobre como gitanos
hacia el noroeste
con las banderas rojas
de Trosky al viento...

(de El libro de las cruces, 1964)

domenica, agosto 16, 2015

La edad del sol


Supongo se habrá escrito ya mucho sobre ella. Tánta tinta.
Supongo que nos alumbra a todas, que dona la desgracia, que irrumpe en las fiestas.
Ya no sé para qué se llena la boca.
Si sólo permanecen los gatos y eso es decir demasiado.

Mejor la noche convenida, la aureola y el macadam.
Mejor la que pregunta, la condena y el mar.
Gigante roja luego enana blanca y darle nombre a todas las estrellas
para luego olvidarse de ellas.
Entre los ecos de los pasillos, las inscripciones sin remedio
y otras profecías del polvo.
Y entre tantos brillantes aburridos  ya no sé para qué se llena la boca,
calculada lucecita,
de la palabra enmohecida vieja como el sol,
si al final
lo dejará morir entre tocadiscos sin agujas,
cubiertos de alpaca, calendarios amarillos,
protectores para incontinencia y sus fríos regazos arrugados,
en aquél cuartucho de azotea con puerta verde de metal,
los goznes oxidados y rancio
por dentro.

Ojalá al menos supernova.
Hoyo negro,
luego.




sabato, agosto 15, 2015

Donde nadie sabe de mi


Allí el vuelo.
Un vuelo más bien aterrado y nada metafísico. Un vuelo discreto hasta el arrastre. Yendo al ensayo, de regreso a los gatos o de vuelta al congal, hacia el otra vez y el hervidero. Un día normal. Buscando un consultorio o un vestido vacío, un silencio en medio de tanto combustible rugir o la palabra precisa para una situación desesperada.
Total, no importa de dónde venga o a dónde valla; siempre que llego (si llego), apesto. Me huelen sobre todo los pantalones, pero también las mangas y el cuello de las camisas; me huelen me huelen las pupilas, las clavículas, los pulmones y desde luego todas pero todas las conjuntivas; me huelen las renuncias, los adelantos, los pagarés; las necesidades básicas de perdón y olvido.
Luego entonces nunca falta cuando llego (si llego), una princesa que olfateando tan alado desengaño, me tuerza en la cara la nariz.
Pero princesa de la nariz de porcelana, créeme, no huelo yo.
Es sólo que cuando voy pasando se me van pegando microscópicos todos los hollines, se me adhiere el hastío de todos los escapes, las volátiles fecales de las horas pasadas por nadie; las orejas inflamadas; el halitoso aliento que emerge de las fauces de tu ciudad. 
Por fortuna sé (sólo yo por desgracia), aquello que husmeo deslizando en el toser del ronroneo: a veces jazmín, de una imprenta la tinta fresca, levadura, golondrinas, y los perfumes sin precio de una ciudad en donde todo, nadie sabe, ya está vendido.

giovedì, agosto 06, 2015

Suaves cuántos abiertos



Tras la ruina cada vez
manifiesto y voluntad

de verdad voluntad:
una riña entre dos gatos.

De verdad solo
corte
desgarre sin cuidado la sustancia

y jirones
de pulpa
los amores auténticos todos
y el punto y el aparte desgarre 
punto

sólo entonces verdad.

de verdad
Así
se descosen tus medias tintas,
de maniquí tus ojos rasgados la implacable

serenidad de tu impostura

Tras cada nombre tuyo siete
siete y soy

andrajo.

Un largo y lento dedo detrás de cada caricia.
Y así una uña tras cada dedo y detrás
una garra
y tras cada garra el clavel que de dolor un cúmulo

reboza y bebe.

Y entonces

Quién calma el corte
abrupto y fino

y su sonrisa otra vez 
peregrina

¡Hay Olvido!

“perdida
elasticidad de pulmón”

Jueves es hoy
 de fiesta.

venerdì, luglio 17, 2015

No como las ratas



"El buque insignia se inunda en todas partes, 
tiene fugas por doquier.
Tiene fugas por doquier. 
Esto es lo que, desde un punto de vista local, 
desde el punto de vista de la comuna,
no tiene nada de desastroso. 
Por doquier, 
diversa gente busca y experimenta otras maneras de organizarse, 
de vivir, 
de vincularse los unos con los otros y con el territorio que habitan. 
Tiene fugas, pero lo que se fuga no lo hace como las ratas. 
Se da a la obra una búsqueda, 
que se encuentra a la medida del desastre general. 
Sólo que sería un error ver aquí simples “alternativas” 
al sistema económico dominante. 
La situación es bastante más pánica que esto,
y, en cierto sentido, 
más política. 
En lugar de “alternativas”, 
lo que hay es más bien un combate. 
Un combate entre una organización social 
en reestructuración violenta 
en beneficio de la pequeña minoría 
necesaria para el pilotaje de la máquina económica mundial
desde las metrópolis, 
y toda la vida que se agencia a la distancia
y contra dicha organización. 
Lo que se constituye no son pues islotes, oasis, 
nichos existenciales en medio del desierto neoliberal, 
sino verdaderos mundos, 
una suerte de condensación territorial de fuerzas, 
ideas, 
medios y vidas que atraen todo lo que se fuga, 
todo lo que deserta, 
todo lo que hace secesión con el nihilismo dominante."

venerdì, luglio 03, 2015

Durango 66 (ensayo fallido de Matrioska)


“Esperas que desaparezca la angustia
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras

Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniendo todo de mi parte”

R. Bolaño


Se prueba.
Durango 66 ya terminó; no podrás ir a verla mañana, ni el fin de semana. Su temporada parece ida, al menos por ahora. Así las cosas, si se escribe sobre ella o sobre de ella no es para conminarte o disuadirte, ni para mostrarte o demostrarte, ni para algún fin en realidad. Nunca se escribe sobre esto para eso. Se escribe más bien porque está lloviendo, porque duelen el hígado y las piernas, porque no hay aquí amante ni amigos y en cambio sí suficientes cigarrillos. Ni siquiera se escribe, como alguna vez se pensó, para recordar. Al menos no propiamente. Imagínate, ya el ejercicio de memoria que es Durango 66 comienza advirtiendo que más que reconstruir un suceso, sólo se intentará iluminar un territorio, por un instante, como un relámpago en la noche. ¿Y para qué sirven los relámpagos, además de para insuflar de vida amasijos de cadáveres?
Por eso, escribir sobre un territorio iluminado por un relámpago durante una noche puede ser, solamente, otra vez, iluminar por un instante una luz ya de por si instantánea, una luz más deslumbrante que alumbrante, la potencia de un lumen no tanto constituyente cuanto destituyente (algo así como un medio sin fin). Claro, nunca faltarán aquellos que pretendan hacer la eternidad de una instantánea, el juicio final de una fotografía, su redención o su condena. Lástima, mientras dure la tormenta cabe siempre el rayo, presto a desmentirnos.
Durango 66: Al final, cajas dentro de cajas, una escatología perversa anuncia con voz mecánica la infalibilidad del poder. Luego, al final del final vuelve el mezcal cenizo y con él, extrañamente, el intermedio. Un intermedio que, según había dicho Mariana, ha ido poco a poco expandiéndose y extendiéndose, desierto, espacio sin tiempo o contratiempo del espacio: Bar Belmont. Al final, me acerco a Vargas, estoy en deuda con él pero no quiere recordarlo. Me pregunta -¿y ahora, cómo te llamas? ¿qué nombre portas?- Le digo no, (por desgracia) soy yo. Yo: materia de profetas, pobre redundancia predecible, segura identidad, destino quizá. Lo abrazo, sinceramente. Este trabajo de Teatro Línea de Sombra, por fortuna, no es de lo mejor de su obra, no es de lo mejor en general, no es descomunal. Además, como era menester, me ha dejado un hueco, un abierto agujero. Le digo que no quiero dirigir teatro nunca más y me dice -“espera hasta terminar”-. Le digo que necesito su ayuda y le hablo de dos proyectos. Él me responde que -“como la experiencia del siglo pasado ha demostrado, los proyectos políticos están agotados; el sistema todo lo integra, todo lo digiere… no obstante, hay propuestas muy interesantes en el campo de las artes”-. Con esas palabras se repite aquí, en éste otro final, el golpe que ya me habían dado durante la función. Quedo de nuevo sacudido: alegremente desencantado en una ilusión sin consuelo. Alcanzo sólo a recomendarle el mismo libro que últimamente he andado recomendado por todas partes (no diré aquí cuál es) pero olvido decirle lo más importante. Lo más importante: si el arte es entonces capaz de organizarse de otra manera, si sus confines se han expandido, si su afectividad se ha transformado, si su materia se ha desvinculado de la que modernamente ha sido su supuesta finalidad - como en el caso en Durango 66 - entonces, quizá, otra política está ya viniendo. Al final, mi hija (que no es mi hija), me dice que con este trabajo finalmente entendió lo que es el teatro post-dramático. ¿Será?
En cambio, antes del final, el fin del intermedio: una toma de posición. Durango 66 ha intentado iluminar como un relámpago en la noche los casi 60 días de 1966 en los que un grupo de estudiantes, y junto con ellos una entera ciudad, volvieron a ser comunidad. Pero como sucede siempre ¿siempre?, cuando los líderes ¿los líderes?, se encontraron con el poder ¡el poder!; lo que quedó de aquél deseo fueron las ganas de apretujarse para salir en la foto junto a Gustavo Díaz Ordaz; lo que quedó del deseo fue la sospecha de que aquel suceso, desde un principio, estuvo marcado por la presunta infalibilidad del poder. El teatro de la Linea es de Sombra, su pesimismo organizado no hace concesiones al ilusionismo fácil. Quizá por eso dejaron atrás el teatro dramático, porque saben que el gesto y el sentir están extraviados y que nos hemos vuelto ontológicamente vírgenes, como La Jovencita, virgen de toda experiencia. Además porque entienden que parte del drama es el drama mismo; que ya no hablamos, que somos hablados por ese espectáculo que nos ha absorbido haciendo nuestro un falso destino, ese que está obsesionado por hacer propios los gestos que desde hace tiempo le son extraños. Un destino en el que el actor, en tanto privado positivamente de toda cualidad, en tanto nada que puede ser cualquier cosa, es el imán perfecto que insiste y apuntala la privación negativa a la que nos encontramos sujetados: la der ser cualquier cosa que termina siendo siempre una nada.
¿Será que lo mejor de nosotras se lo ha llevado La Jovencita?
¿O quizá esa mujer, vestida de rojo y todo el tiempo en silencio,
esa mujer que ondea, la bandera negra,
tendrá todavía algo que decir?


            Regreso. Regreso un poco más, al intermedio, antes de que me gane la angustia o se acaben los cigarrillos. Jorge León, nos dicen, disfruta particularmente su interpretación del taciturno mesero del Bar Belmont. Todos los actores nos dicen siempre que lo que hacen no es lo que son. El Bar Belmont, de Durango, no es el bello monte de tierra roja, el cerro del Mercado, el cúmulo de tierra que fue tomado; la tierra roja que los actores han delicadamente y en líneas paralelas depositado sobre el escenario del Milagro ni siquiera es tierra de Durango; los 40 fuegos que iluminaban todas las noches aquella acción política son ahora fuegos en las pantallas de aparatitos celulares. Éste intermedio: un umbral dónde la acción política no se distingue de la acción poética, dónde lo local no se distingue de lo global, dónde la memoria no de distingue de la creación y dónde parece que todo acto es de alguna manera también un acto fallido. Así la apuesta de la puesta es una y otra vez al contrapunto, o mejor, la insistencia en el contratiempo (repelente para los melodramas de Jovencitas y para las Historias Universales). Es éste, el del contratiempo, su gesto fundamental. Contrario a toda la lógica de progresión (y de progreso), tan querida por los maestros del “arte dramático”, el contratiempo es también entonces un remedio para la acumulación, para el acme, para la cómoda catarsis y el sobrevaluado orgasmo. En este sentido viene a la memoria el texto del infame Gregory Bateson (y Margaret Mead), sobre el ethos de la cultura balinesa:
“A menudo la madre comienza con el niño una interacción juguetona cosquilleándole el pene o estimulándolo hacia una actividad interpersonal; esto excitará al infante, y por un breve tiempo tendrá lugar una interacción acumulativa. Luego, precisamente cuando el niño, acercándose a un pequeño acme, lanza sus brazos al cuello de la madre, ésta última se distrae; en éste momento el niño normalmente comienza otra interacción acumulativa dando inicio a un capricho. La madre se quedará mirándolo, divirtiéndose con los arranques del pequeño, o bien,  si éste la agrede, desestimará su ataque sin mostrarse mínimamente enfadada. […] Es posible que alguna especie de nivel de intensidad constante tome el lugar del acme conforme el niño poco a poco se integra en un modo más completo a la forma de vida balinesa. […] En general, la ausencia de acme es característica de la música, del teatro y de otras formas artísticas en Bali. La música generalmente consta de una progresión, que deriva de la lógica de su estructura formal y de variaciones en la intensidad determinadas por la duración y el proceder en el desarrollo de esas relaciones formales. No posee aquél género de intensidad creciente y de estructura resolutiva que es típico en la música moderna occidental. […] En Bali no existe ni siquiera ese modo continuo de exposición que, en la mayor parte de las culturas, sirve para contar historias. El narrador, usualmente, se interrumpirá después de una o dos frases y esperará a que alguno entre quiénes lo escuchan le haga una pregunta concreta sobre algún particular de la trama; entonces responderá a la pregunta y continuará con la narración. […] Son poquísimos los balineses que aspiran a aumentar continuamente sus riquezas o sus bienes; y éstos son en general considerados desagradables o locos por la comunidad. […] Pronto se descubre que la actividad, más que estar finalizada, es decir dirigida hacia un objetivo futuro, es apreciada en si misma. […] En lugar del objetivo futuro, hay una satisfacción inmediata e inmanente en el realizar armoniosamente y con gracia, junto con los otros, aquello que es justo realizar en cada contexto particular.”  [Bali: El sistema de valores de un estado estacionario]
 
Mariana comienza a leer la primera de las 5 listas de 66 objetos que amenazó con elencar. Es 26 de junio. Se interrumpe en el 43. Se bebe, se fuma. Se permite sólo una poesía, de Roberto Bolaño. Lluvia: sólo esperamos que desaparezca la angustia, En serio, estamos poniendo todo de nuestra parte.
            Y luego el comienzo: la extraña promesa de no poder contar una historia o de contar la historia de una promesa que no promete nada. La toma del cerro del Mercado en 1966 es una suceso de poca monta, una historia olvidada, pero al mismo tiempo, es aquí en el teatro un acontecimiento sin el cual no pueden pensarse los eventos subsecuentes, sin el cual “no habrían ocurrido Tlatelolco ni San Miguel Canoa en 1968, ni el jueves de Corpus en 1971, ni Aguas Blancas en 1995, ni Acteal en 1997, ni las masacres de Durango y San Fernando en 2011, ni Ayotzinapa en 2014. Todos tristes y lamentables”. ¿Quién recuerda el nombre del tristísimo primerísimo lanzamiento en la carrera espacial? Ellos y entonces nosotros. Nos recuerdan los nombres, el mito de los hombres rojos, el escenario, el accidente y el mártir. Un mártir que murió una noche en el monte del Mercado mientras jugaba a la ruleta rusa (la bala te alcanza si insistes en seguir pensando que la velocidad no habrá de alcanzarte). Alicia lucha, presente gracias al photoshop en todas las luchas, mientras nos dice que afuera nos llaman; y baila. Fueron tan incendiarios los discursos de los estudiantes en la plaza de Durango que la CIA ordenó registrarnos todos en cintas magnéticas; unas cintas que parece que nunca existieron. Los viejos aparatos electrónicos fallan, tardan mucho en encender y no provienen de Durango. En un viejo modular de aquellos años se escucha una estación de radio contemporánea. Se dibuja sobre un pupitre la figura de un pasillo oscuro que va de la memoria a la palabra. Se cantan canciones de Dylan que se sabe y no se sabe dónde fueron compuestas. Se acaban los cigarrillos. Habrá que imaginar más.
Menos mal (tra la lá) que “estas botas fueron hechas para caminar”


Ps.- Extrañamente (por defecto de esos misteriosos vericuetos del tiempo), mientras escribíamos sobre unas Sotas y sin haber aún visto Durango 66, estábamos ya escribiendo sobre ella. Seguramente no fue prevista aunque sí, tal vez, presentida.
Ps2.- No se le otorgue demasiada importancia a la posdata anterior. Es sólo una nota extemporánea.