martedì, aprile 28, 2015

Vèrtigo y Vino


Tras tanto tristear
quisiéramos
tornarnos ya no digo menos taciturnos
menos trinitotoluenos.
Sólo quizàs Metafísicos.

Pero no.
Por coño y gracia de la difunta Dorotea
incluso si hemos de ser metafísicos
Hemos críticos de serlos.

Por eso
no sin alegría
sin verticalidad
no nos comemos esos pays que dicen que lo que se dice es lo que uno es.
En verdad os digo que un falso ve tantas mentiras cuantas verdades
que un mendigo ve tanta riqueza cuánta povertá
Y que incluso un loco
Reconoce
la cordura.


Por ejemplo,
allí el poeta sabía que debía de terminar.
Sin embargo,
Por maña o por vicio o por gula o por bien ternura
Continua.
Diciendo ahora que sólo hay una cosa que lo enfurezca más que la tontería
Y que esa sola cosa sea la del hacerse el tonto
Como él.
Que no se hace el tonto sì no lo es.

Y mientras
La envidia que tanto nos disgusta
Ay tan impresentable!
Tan reconocimiento de la propia inferioridad.
Porque también en verdad os digo que hoy nada pero nada en el mundo es más despreciable que el sentirse diminutos.
Que el sentirse menos, que el admirar de verdad.
Eso,
(sí sé por que)
eso es algo que simplemente no podemos soportar.

Si admiramos, lo hacemos siempre desde aquella distante
y voluntariosa certeza
de que aquello es algo que o bien no queremos
o bien podríamos, nosotros, eventualmente
hacer también.
Pero disculpen si me río.
No soy nada más que un diminuto,
Un pequeño,
Un voraz y persistente
Un muy atolondrado
Esculpidor de aires
Onanista.

¿Quién fue?
¿Valery?
¿El que dijo que lo más difícil es saber cuándo es la hora de terminar?

Mientras,
Cruje la nieve bajo las botas
Entre los dientes
El frío
Del rechinar polímero del hielo
Macabrón chirrido de viejas moradas
y de la presunta santidad de las arenas.

Menos mal que queda siempre el lugar común
Que no todas las gatas son pardas
Y que el peor puerco
Si señor se lleva
Ay Diosito se lleva
la mejor
la más rechoncha
la más rechula
la más pachoncha y menos pacheca se lleva
a la más mazorca.

lunedì, marzo 16, 2015

Giorgio Agamben: El deseo y la necesidad

11. Cavalcanti y Sade
(El deseo y la necesidad)

La expropiación de la fantasía del ámbito de la
experiencia arroja sin embargo una sombra sobre
esta última. Esa sombra es el deseo, es decir, la
idea de una inapropiabilidad e inagotabilidad de
la experiencia. Pues según una intuición que ya
estaba presente en la psicología Clásica y que será
completamente desplegada por la cultura medieval,
fantasía y deseo están estrechamente ligados.
Incluso el fantasma, verdadero origen del deseo
("phamasia ea est, quae totum parir desiderium"),
es también -como mediador entre el hombre y el
objeto- la condición de la apropiabilidad del objeto
del deseo y por lo tanto, en última instancia,
de su satisfacción. El descubrimiento medieval del
amor por obra de los poetas provenzales y
stilnovistas, desde este punto de vista, es el descubrimiento
de que el amor tiene por objeto no directamente
la cosa sensible, sino el fantasma; es
simplemente el descubrimiento del carácter
fantasmático del amor. Aunque dada la naturaleza
mediadora de la fantasía, esto significa que el
fantasma es también el sujeto y no simplemente
el objeto del eros. En tanto que el amor tiene en
efecto su único lugar en la fantasía, el deseo ya no
encuentra frente a sí al objeto en su corporeidad
(de allí el aparente "platonismo" del eros trovadoresco-
stilnovista), sino una imagen (un "ángel",
en el significado técnico que tiene esta palabra
entre los filósofos árabes y entre los poetas de
amor: una imaginación pura y separada del cuerpo,
una substantia separata que con su deseo mueve
las esferas celestes), una "nova persona" que literalmente
está hecha de deseo (Cavalcanti: "formando
di desio nova persona
"), en la cual se anulan los
límites entre lo subjetivo y lo objetivo, lo corpóreo
y lo incorpóreo, el deseo y su objeto. Y justamente
porque el amor no es una oposición entre un sujeto
deseante y un objeto del deseo, sino· que posee
en el fantasma, por así decir, su sujeto-objeto, los
poetas pueden definir sus rasgos (en oposición a
un fol amour que sólo puede consumir su objeto
sin llegar nunca a unirse verdaderamente a él, sin
hacer nunca esa experiencia) como un "amor cumplido"
(fin'amors), cuyo goce no tiene fin ("gioi
cha mai non fina
") y, vinculándolo con la teoría
averroísta que ve en el fantasma el sitio donde se
efectúa la unión del individuo singular con el intelecto
agente, transformarán el amor en una experiencia
soteriológica.
Pero una vez que la fantasía quedara excluida
de la experiencia como irreal y su puesto fuera ocupado
por el ego cogito (convertido en sujeto del
deseo, "ens percipiens ac appetens", en palabras de
Leibniz), el deseo cambia radicalmente de estatuto
y se vuelve, en esencia, imposible de satisfacer, míentras
que el fantasma, que era mediador y garante
de la apropiabilidad del objeto del deseo (era lo
qué permitía traducirlo en experiencia), se vuelve
ahora la cifra misma de su inapropiabilidad (de su
"inexperimentabilidad"). Por eso en Sade (al contrario
que en Cavalcanti) el yo deseante, suscitado
por el fantasma ("il faut monter un peu son
imagination
", repiten los personajes sadianos),
encuentra frente a sí nada más que un cuerpo, un
objectum que solamente puede consumir y destruir
sin satisfacerse nunca, porque el fantasma huye y
se esconde en él hasta el infinito.
La ablación de la fantasía de la esfera de la experiencia
escinde en efecto lo que Eros (como hijo
de Poros y de Penía) reunía dentro de sí en deseo
(ligado a la fantasía, insaciable e inconmensurable)
y necesidad (ligada a la realidad corpórea, mensurable
y teóricamente .posible de satisfacer), de
manera que ya no pueden coincidir nunca en el
mismo sujeto. 'Lo que tiene enfrente el hombre
de Sade, como sujeto del deseo, es siempre otro
hombre en cuanto sujeto de la necesidad, pues la
necesidad no es más que la forma invertida del
propio deseo y la cifra de su esencial extrañeza.
Escisión del eros que Juliette expresa de la manera
más sucinta cuando exclama, acerca del peculiar
deseo del caballero que quiere satisfacerse con
el caput mortuum de su digestión: "Tenez a
1' instant, si vous le desirez; vous en a vez !'envíe,
moi j'en ai le besoin
"
De allí la necesariedad de la perversión en el
universo sadiano, ya que al hacer coincidir deseo y
necesidad,transforma en goce la frustración esencial
del deseo. Pues lo que el perverso reconoce es
su propio deseo (en tanto que no le pertenece) que
se muestra en el otro como necesidad. A la afirmación
de Juliette, podría responderle: "lo que sientes
como la íntima extrañeza de la necesidad cor-
poral es lo que yo siento como la extraña intimidad
del deseo: ton besoin, c'est mon envíe; mon envíe,
c'est ton besoin
" Si a pesar de todo y a despecho
de la expropiación de la experiencia que Sade encarna
tan proféticamente en el repetitivo delirio de
sus personajes, hay goce, hay disfrute, si en sus novelas
aún sobrevive, trastornado, el puro proyecto
edénico de la poesía trovadoresca-stilnovista, ocurre
gracias a la perversión, que en el eros sadiano
cumple la misma función que la poesía stilnovista
le confiaba al fantasma y a la mujer-ángel. La perversión
es el arcangel salvífico que alza su vuelo desde
el teatro ensangrentado de Eros para elevar al hombre
sadiano hasta el cielo.
Que la escisión entre deseo y necesidad, sobre la
que actualmente se discute tanto, no es algo que
pueda subsanarse con la buena voluntad, ni mucho
menos una dificultad que una praxis política
cada vez más ciega podría pretender solucionar con
un gesto, lo demostrará elocuentemente la situación
del deseo en la Fenomenología del Espíritu (y
aquello que Lacan pudo extraer de ella, con su habitual
agudeza, como objet a y como désir de
l'Autre
). Puesto que en Hegel el deseo (que
significativamente aparece como el primer momento
de la autoconciencia) solamente puede tratar de
negar su propio objeto, pero nunca satisfacerse con
él. El yo deseante alcanza de hecho su certeza de sí
sólo mediante la supresión del otro: "Seguro de la
nulidad de ese otro, dispone para sí esa nulidad
como verdad propia, aniquila el objeto independiente
y así obtiene la certeza de sí... Pero en esa
satisfacción la conciencia de sí experimenta la independencia
de su objeto: de hecho la satisfacción
sólo tiene lugar mediante la supresión de ese otro.
Para que exista la supresión, también debe existir
el otro. La conciencia de sí por lo tanto no puede
suprimir el objeto mediante su relación negativa
con él; de este modo, más bien lo reproduce, así
como reproduce el deseo".
El goce que en Sade se hacìa posible por la perversión,
es efectuado en Hegel por el esclavo, que
mediatiza el goce del amo. "El amo se refiere a la
cosa a través de la mediación del esclavo; el esclavo,
como conciencia de sí en general, se comporta
negativamente con respecto a la cosa y la suprime;
pero al mismo tiempo ésta sigue siendo independiente
para él, ya que no puede superarla y aniqui-
larla con su acto de negación: el esclavo la transforma
entonces sólo con su trabajo. Inversamente,
gracias a esa mediación, la relación inmediata se
vuelve para el amo la pura negación de la cosa misma,
es decir, el goce; lo que no fue realizado por el
deseo es ahora realizado por el goce del amo: terminar
con la cosa: la satisfacción en el goce. Lo
que el deseo no puede realizar a causa de la independencia
de la cosa; pero el amo, que ha interpuesto
al esclavo entre la cosa y él, solamente se
refiere a la dependencia de la cosa, y la disfruta
puramente. Le deja el costado de la independencia
de la cosa al esclavo que la trabaja".
La pregunta que el hombre de Sade continúa
planteando, a través del fragor de una máquina
dialéctica que difiere al infinito la respuesta en el
proceso global, es justamente: "¿Qué sucede con el
goce del esclavo? ¿Y cómo es posible hacer coincidir
nuevamente las dos mitades escindidas de
Eros. . ."

Giorgio Agamben, Infancia e Historia, 
Destrucciòn de la experiencia y Origen de la Historia,
Trad. Silvio Mattoni
Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2007, pp. 27-33
 

domenica, marzo 08, 2015

demasiado cortas las piernas (y demasiado largas las alas)



Siguiendo el sabio consejo de un lejano amigo, que insiste y tiene razón sobre la total ausencia de crítica teatral en nuestro país; contraviniendo además la publicidad electoral del partido Acción Nacional, que santamente prescribe sólo proponer y dejarse de quejar; llegó más bien la hora de criticar y de hacerlo con alguna dureza. Dureza que proviene de las exigencias que la reflexión demanda en tiempos de tanta sensual hipocresía. Tiempos de hipo-crítica que sólo pueden confrontarse desde una hiper-crítica, heterotópica e hiperestésica, pienso.
¡Tons pues, afinemos los cuchillos queridos amigos (aunque hay quien piensa que sólo me quedan los imaginarios) y desde éste lugar de la desilusión intensa, mitad acá y mitad en el exilio, que comience la carnicería!

       Recién había llegado a México la primera vez que vi el trabajo de David Gaitán. Una amiga me invitó a acompañarla en la presentación de su monólogo en un concurso organizado dentro de la Feria del Libro Teatral (¿habrá sido el lejano 2012?). Entre los concursantes estaba, no lo sabía, la joven promesa del Gaitán. Recuerdo que era muy chavo, muy bueno, que temblaba, que su monólogo sobre los riesgos del sexo sin protección era sólido, que ella después me comentó que aquél muchacho ya andaba encarrilado y que yo no pude dejar de percibir que su temblor provenía (psicología de banqueta diría el Raúl Quintanilla) de un lugar que no es del “espíritu del teatro” sino del ámbito de la superación, de la necesidad de afirmar un lugar, de confirmar los méritos propios de un nombre. Recordando la anécdota del Don Quijote, he de insistir diciendo que entonces yo no sabía nada de lo que contenía aquél tonel de vino (una llavero de cuero con colgada una llave de hierro), no obstante, el vino de David dejaba un retrogusto sabor a metal.
A La velocidad del zoom del horizonte fue nuestra cita siguiente y ahí la dirección de Martín Acosta le hizo otro gran favor al texto de Gaitán. Yo a pesar de las innumerables críticas que escuché, de las acusas de cínico plagiario que le imputaban, disfruté mucho el montaje y lo defendí (tres veces e invitando a mi padre, gran admirador del Solaris de Tarkovsky), aunque no disfruté tanto el trabajo actoral de la ahora joven realidad. Gaitán parecía haber enmascarado su temblor con una lánguida complacencia, su insegura voluntad de poder con la segura suficiencia de los poderosos (no puedo saber todo lo que aconteció entre ésos dos bastidores que fueron escena). No obstante lo dicho, aún se percibía en el texto, por ejemplo en los larguísimos y velocísimos discursos fanta filosóficos, una especie de pretensioso temblor, algo por demostrar. Cuando compartí mis impresiones con su amante compañera diciéndole que sentía que el texto tenía algo de pretensioso, obviamente la hice enfurecer. Así airada me respondió que la palabra “pretensioso” era muy pretensiosa… y acepté. ¡Caray! No sé si la palabra “pendejo” es pendeja, sé que a menudo puedo ser un pendejo y mucho. Fue también en aquella producción donde vi por primera vez el gran trabajo en video proyección de alguien importante en nuestra historia, Daniel Primo, pero volveremos a él más adelante.

Mi siguiente encuentro con el director de demasiadas cortas las piernas, la obra que nos invitó a hacer estallar estas líneas, fue en una de esas fiestas de actores en la casa de otro famoso director, de ésos los invitados a la muestra nacional (crema y nata del “gremio”, sobre todo nata). Nos presentaron, nos saludamos. Luego un día merodeando por el CCB lo encontré por casualidad y lo abracé, pareció desconcertado. Para entonces cada vez su nombre sonaba más y más y una y otra sus producciones parecían sucederse. Para entonces las lenguas más vivas, mucho más habladoras que las mías, se dilungaban en descalificaciones.
Así las cosas, ya algo desilusionado por los indicios y más bien objetivado en observar a uno de los actores en el reparto, me fui a ver su Ricardo III y la pasé muy bien. En medio de la abundancia de Ricardos, la idea de un grupo de jóvenes que no pueden (del todo) montar el drama shakesperiano me pareció honesta y bien realizada. Era eficaz el uso de los recursos teatrales de base y brillante la problematización de la estructura, que permitía sin taras el bendito ingreso del buen azar. Por otra parte,  la “renuncia del director” era un muy buen gesto, aunque de nuevo, en él había algo extraño y pretensioso, sobre todo verlo salir de la sala ignorando completamente al público. Público con el que, sin embargo, los actores se excusaban y para el que realizarían en cualquier caso la función. No obstante, aún, aunque con menos entusiasmo, de aquellas múltiples lenguas lo defendía. Luego, el escándalo de la Muestra Nacional de Teatro 2014.
       Sobre los vericuentos tras bambalinas, sobre la política y los afectos que se esconden detrás de esa cuestión, no puedo saber mucho, aunque me parece normal y razonable que se sospechen parcialidades y favoritos. Recuerdo que en una entrevista, Gaitán se defendía diciendo que la muestra se hacía para satisfacer no a la comunidad teatral, sino al público (el espejismo del bien común), al que hay que brindar una experiencia teatral “vasta, estimulante y que pueda dejar una huella significativa”, [“como la que dejan mis obras”, virtualmente añadiría]. Sobre el jurado apuntó que sólo uno de los jueces era del Distrito Federal, no obstante Yo, desde el mezzo exilio, estoy convencido que también el gremio teatral, como el universitario o el político, están de alguna manera integrados en élites, en un estar in y un estar out, que entre gustos, afectos y percepciones educadas y compartidas, se reparten también los privilegios de espacios y presupuestos, independientemente de la procedencia estatal. ¿Qué significa entonces mandar las mejores obras David? Cómo si existieran parámetros objetivos, cómo si juzgar teatro fuese una ciencia y cómo si la objetividad de la ciencia fuese vagamente neutral. Sobre todo considerando la diversidad cultural mexicana, sobre todo considerando éste México desgarrado, fragmentado e injusto. Aquí, o simplemente mientes David o piensas desde la ideología. Y te conviene. Sabes muy bien que había otras obras tan buenas o mejores que las tuyas, yo al menos recuerdo alguna. Y si nunca has sido juez, parece que no te faltan ganas de serlo. Por eso no me sorprende que en el estreno de tu nueva obra no mencionaras Ayotzinapa, (ya no es in hacerlo), ni que sigas por todas partes, ni que ya alguien "sepa" quien será el nuevo director de la ENAT, ni tampoco que los famosos estén muy ocupados para seguir en la “grilla” con la que, se supone, de alguna extraña manera comparten razones. Y así ustedes, no sólo tú, acumulan cultura y barbarie a la vez, incapaces de preferir no hacerlo, de dar un paso atrás, de detener su incesante producción que iguala panes y espectáculos (exactamente igual que la valorización de valor no distingue entre producir cine o armamentos). Y así seguimos acumulando barbarie, conformándonos a ésta desastrosa situación. ¿Cómo esperar o exigir así que un industrial, un procurador o un presidente se detengan, den un paso para atrás? Claro, si sólo somos actores dijo Mefisto, y los actores, primero y antes que nada somos realistas y pragmáticos sobre todas las cosas (y las personas). Hemos renunciado a cambiar el mundo, hemos renunciado a cambiarnos a nosotros mismos en sentido no conformista, pero sobre todo hemos renunciado a siquiera pensar en la potencia de vivir y producir de otra manera. Así pues, quizá, el gobierno que tenemos es el gobierno que nos merecemos. Pero ya me he desviado (aparentemente y no sólo de la forma impersonal), disgregando en retórica crítica y del aspecto moralista de la que fuera en principio nuestra cuestión, a la sazón, tu última producción, demasiado cortas las piernas, estímulo y pretexto de toda esta disquisición. Vuelvo pues a la forma impersonal, estimado David.

Llegué al Granero para encontrarme con Daniel Primo, invitado a participar en la locura que andamos tramando en torno al texto El Chiquero de Pier Paolo Pasolini. Ya me había comentado sobre el proyecto en el que trabajaba pero yo, astutamente, lo había cancelado de la memoria. Incluso cuando vi el cartel afuera del teatro lo que leí fue David Olguín en lugar de David Gaitán (así de chueco juega la percepción). Ya aclarados los créditos el Primo me presentó su situación: he is on fire; veremos si tendrá tiempo para participar en el proyecto. Y es que en este medio teatral que se confunde con la vida, una vez que asomaste la cabeza del fondo del fango si no te mantienes en superficie, visible e invulnerable siempre, fácilmente y otra vez vuelves a ser ninguno y estás out, como en política (solo que aquí, además, no podrás pagar la renta). El Primo me dijo también que quizás podía tomar de demasiado cortas las piernas algunas ideas para El Chiquero. Daniel no sabía que algunas de las “soluciones” que encontraron en realidad ya las había considerado. Por ejemplo, proyectar sobre elementos extensibles del vestuario (una idea que llegó gracias a una foto compartida en el facebook por la chida actriz Quy Lan Lanchino). Tampoco sabía que ésas ideas, al verlas puestas así, en escena, me retractarían completamente de probarlas como “solución”. Total, el Primo y Yo quedamos de vernos para ver si coincidirán los calendarios y luego luego comenzó nuestra función.
  
       Me recibe el programa de mano con un texto de Camus sobre las verdaderas verdades, ya no la ciencia ni la moral, sino “las líneas suaves de esas colinas y la mano del crepúsculo sobre este corazón agitado” y pienso: "me gusta más de lo que Gaitán escribió para Autoretrato en sepia; que gusto que haya preferido no hacerlo para su producción ni pedírselo a Martín Acosta." En seguida, un espacio desnudo, un actor en chistera y bastón junto con tres actrices que literalmente muestran sus piernas “demasiado cortas”. Una de ellas se precipita hacia el centro del escenario y así, sin recolectar el espacio, comienza casi mecánicamente su producción de sonido, su estructura incesante y precisa en una sola dirección. Yo entiendo poco, fatigo para seguirles el paso. Percibo que el texto es un fruto raro, que me interesa demasiado, pero no encuentro una conexión que me permita acompañarlo. Estrategias clásicas e inmediatas de puesta en escena, alternancia de voces, líneas de sombra, banales comentarios gestuales, hiper aceleración además de un juego de luces que se añaden, en cambios vertiginosos de forma y de color, a una especie de delirio que va de la atmósfera del show televisivo a la del antro desnudo a la luz de la mañana y con todos los comensales aún bien puestos y harto perversos. Además, las proyecciones. Sólo cuando apareció la guitarra entre tonos verdes y morados que me hicieron sentir en casa, apareció también el primer momento de verdadero ritmo desde el inicio y me fue posible concentrar en pleno la atención. Pero todo el despliegue inútil de recursos no es ni siquiera el meollo de esta crítica, más bien, lo verdaderamente inútil es la gran mentira del joven director. ¿En qué consiste esa mentira? Pretende, declara y proclama un dislocamiento del juicio, de la ciencia y la moral; en cambio, en el vestuario, en el trazo, en los gestos, en todo su montaje, se ciñe estrechamente a los prejuicios más corrientes, a los más desangelados clisés. Comenzando por el vestuario, sus colores ocres, el aspecto degradado, desgastado, el bastón y la chistera del hombre burgués, la gestualidad afectada y obscena de Harif (que en algún momento incluso se rasca los huevos, ojalá para portar fortuna). El director, que insiste aquí y allá sobre otros puntos de vista posibles que se abren en el texto, en realidad todo el tiempo y con todos los medios juzga enferma, psicótica y degenerada la situación. ¿Y cuál es esa situación? Pues depende del punto de vista y el magnifico texto de Katja Brunner da para muchos. Según me he informado, la primera indicación en él recita que la obra puede ser un monólogo o montarse con quince actores en traje de baño. Sin embargo es necesario entrar, acercarse o montarse de verdad en alguno de ellos, por ejemplo, el de la niña. Para ella, el amor sin límites de su padre no sólo no es abuso, sino que se trata, más bien, de El Amor Ideal, un águila salvadora. No sé si Gaitán lo ha intentado y reculado, el dibujo en el programa de mano lo sugeriría, no así todo el resto del montaje en el que el texto, único espacio de la puesta donde se abren otras perspectivas, es abandonado en la aceleración, aplastado por la incomprensión, sumergido en el efectismo, salvo por un par de momentos en los que, al menos, se aclara. Con tanta distancia, velos y velocidad perdemos de vista “las líneas suaves de esas colinas y la mano del crepúsculo sobre este corazón agitado”, banalizamos la violencia, anulamos la otredad y con ánimo pequeño nos conformamos.
Cuando salí del teatro, me lave los ojos en el baño porque me ardían, me hice de un cocktail y encendí un cigarrillo. Después de dos sorbos escapé de allí regalando mi cocktail a la tierra. Cuando me subí al auto sonaban en radio unam los Yucatán a go go con la siguiente canción:
            Si bien para mi es evidente que demasiado cortas las piernas le ha quedado muy grande al pequeño director, sé bien también que el montaje puede tener mucho éxito (creo que incuso ya tiene una gira internacional reservada); sé bien también que David Gaitán es un joven talentoso y muy trabajador, aunque también de alguna manera se encuentra atrapado en “un zoológico de caricias”. Por eso concluyo este regalo, hipercrítico, heterotópico e hiperestésico, augurándole que se detenga, que pare la producción dándose tiempo para otra especie de creación, que acompañe a La Bestia o que se corte las alas y haga una peregrinación caminando por la China. Que se vuelva pues otra vez a su temblor y se percate, que a pesar de todo, todavía hay del tiempo.

demasiado cortas las piernas
De katja brunner
Dirección: david gaitán
Dramaturgista: david jiménez sánchez
Con: harif ovalle, cecilia ramírez romo, myrna moguel, verónica bravo
Teatro El Granero, CCB.
De jueves a domingo en orarios de teatro y hasta el 26 de abril.



domenica, marzo 01, 2015

un manifiesto indisciplinario


-->

·      Frente a la falsedad de lo manifiesto y de los manifiestos nos volteamos de espaldas, ocultamos aquí nuestro deseo encubierto. Éste manifiesto no es más que sus propias ruinas.
·      Dado que todo lo dado, en tanto manifiesto, encubre necesariamente aquello oculta; y dado que de lo verdaderamente oculto no puede esperarse manifestación alguna, lo aquí expresado es en principio implicación en una traición. Fundar (como interpretar) desde la traición, en forma que no pueda ocultarse que ésta está detrás de todo verdadero fundar y de todo verdadero traducir e interpretar. Si puedes, porque puedes, interprétalo como quieras.
·      Sócrates, dicen, murió por la virtud de mantenerse en la congruencia. Hoy, análogamente y aunque no lo parezca, no obstante todas las inevitables incongruencias, se está dispuesto a mantenerse con vida aún ahí donde la vida ya no es vida. También al SS Dr. Herdhizte (antes Dr. Hirt), la experiencia pasada, constructiva, le ha enseñado que las contradicciones son absolutamente necesarias ahí dónde toda experiencia se derrumba. No es la muerte lo que resulta ser lo irrenunciable.
·      Si de traicionar al sujeto se trata, resulta necesario e inevitable traicionar también a su correlato, el objeto. En este sentido, las codisciplinas, las interdisciplinas y las transdisciplinas, se presentan sólo como una mistificación y una vana promesa de universal unión en el tiempo de la universal separación. Ésta promesa indefectiblemente ha sido vista traicionada. De entre éstos sucios traidores, los más sucios son aquellos que pretenden haber escapado de las fauces de la re-presentación.
·      Asì, la nueva indisciplina que esperas, incluso como total novedad, no podrá ser la indisciplina que esperas. De hecho, si esperas una nueva indisciplina, la esperas necesariamente en el ámbito de las ideas que ya tienes; además, una cosa que se espera, de alguna manera está ya.
·      La indisciplina comprende tan poco lo que se entiende por vicio como lo que se entiende por virtud. Seguramente no se trata de una profesión, como tampoco del trabajo de diletantes (no es el placer aquello que la informa). Si de hablar del deseo se tratase, tendría más que ver con el hablar que con el deseo, tendría más que ver con imaginar un lenguaje; sobre todo con imaginar aquello que en ése lenguaje podemos no decir.
·       
·      Había una vez un artista furioso que garabateaba cosas de todo tipo. Después de su muerte, miraron en sus cuadernos y vieron que en un lugar había escrito: “Los sabios ven contornos y por eso los dibujan”, mientras que en otra parte había escrito: “Los locos ven contornos y por eso los dibujan”; ergo se lee pintarrajeado en un muro: NI ARTISTAS, NI LOCOS, NI SABIOS, NI FURIOSOS. Mientras, sobre un muro sobre una tierra, una forma de lo irrenunciable y su vivir.
·      No convencen esos mamarrachos y sus premios que separan la realidad de la ficción como se distinguen el agua del aceite. Hoy hasta un científico sabe que la vida se encuentra en suspensiones de las formas coloidales. Para aquellos técnicos sublimes del arte de la confusión, la realidad es continuidad mientras que la ficción puro corte y confección. Dicen esto humildemente, pregando con una mano mientras con la otra ocultan la gigante tijera que ha forjado su presunción. ¿Qué significa para ti, que dices no creer en los premios, el mérito, Oscar? ¡y peor! ¿merecer un gobierno? (no respondas apresuradamente y si respondes, lucha, hazlo con exactitud). Si es verdad que imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida, la indisciplina es el corte y confección de la vida cotidiana: una cuestión de ethos y de otros.
·      Las brujas saben que todos los sapos se pueden convertir en príncipes así como todos los príncipes pueden devenir en sapos. No obstante aquí, en la megalópolis de las Jovencitas que se valoran tanto a si mismas, se trata más bien de encontrar el valor de besar a un sapo ignorando si se volverá más bien serpiente o renacuajo (los príncipes son cosa del pasado). Sólo en el instante de un beso y su coraje, se encuentra lo que tienen en común un sapo y un renacuajo. La indisciplina, pues, no respecta, solamente, lo visible que deviene invisible y viceversa, los gestos que devienen palabras y viceversa, los sonidos que devienen colores y viceversa, las imágenes que devienen conceptos y viceversa, las ficciones que devienen realidades y viceversa, sino también y sobre todo las posibles conexiones entre elementos dispares que permanecen dispares; la indisciplina mienta lo opuesto de la democracia, que no es la tiranía, sino las verdades y los tropos que las transportan.
·      “El poder es la organización misma de este mundo, este mundo ingeniado, configurado, diseñado. Aquí radica el secreto, y es que no hay ninguno. […] El poder, ahora, es el orden mismo de las cosas, y la policía tiene a su cargo defenderlo: el poder se ha vuelto medioambiental, se ha fundido con la decoración.” La vida ha sido toda ella disecada en tanto vida organizada y tú, corriéndole detrás, organizándote en función de ésta mortal organización mafiosa. Por eso recuerda, olvida, rememora: la vida cotidiana no siempre ha estado organizada. Si aquí vendrías, no todo aquí estaría organizado, más bien todo se organizaría. “La diferencia es notable, una apela a la gestión, la otra a la atención: disposiciones altamente incompatibles.”
·      Una conversación, una improvisación y la puesta en escena de un texto son, aunque no resulte evidente, tres figuras del caosmos que contienen, en potencia, las mismas proporciones de flujo y de estructura. Sucede solamente que los obsesos de la medida tienden a ser también grandes obtusos de la mirada. Se comienza por un estar muy atentos. La atención es la forma primera de la indisciplina, el movimiento desde la impotencia.
·      Contrario a lo que piensas, los indisciplinados son ellos los más puntuales, los puntualísimos, los que entienden que las horas sirven sólo y sobre todo para ayudar a nuestro encuentro, para detener y tener el tiempo rompiendo a la hora exacta los relojes. Contrario a lo que piensas, la Armonía no es la idea que nos hemos hecho de ella, simplemente por que Armonía no es una Idea. Contrario a lo que piensas, Venus y Marte, vita y vis, bios y bia, son una pareja sencillamente in-separable. Contrario a lo que piensas, la catástrofe no es el fin de una civilización, sino sus cuidados intensivos conectados a un respirador.
·      Querida dramaturga del ingenuo manifiesto, el de las mayúsculas y las buenas intenciones: por favor, observa el mundo, mira atentamente a tu extraño vecino, escucha los lugares en donde habita todavía algo de experiencia; así sabrás que ese maximalismo es tuyo, que caíste o quieres hacer caer en tu trampa y que es así como se rompe esa Unidad por ti tanto anhelada; que el “radicalismo” es el correlato del “pacifismo”, que ambos aspiran a la pureza siendo el uno la peor pesadilla del otro y que las mayores violencias han sido hechas y se harán en el nombre de la Paz. Si escuchas bien, sabrás también y sobre todo que los antojos de la razón y las exigencias que de ellos emanan no sólo son ignoradas, sino también cínicamente pisoteadas. “No hay otro mundo, hay simplemente otra manera de vivir.”
·      Aquí pues una invitación y una repulsa, una promesa y una amenaza vuelta a todo especialista, científico, religioso y humanista: llegó la ora de conjurar la conjura a la que perteneces, la hora de dejar de ser lo que se hace comenzando por no hacer lo que se es, forzando la puerta del lugar en el que te encuentras ya. Llegó la hora sin número del verdadero estado de excepción. ¡Cuidado policías! ¡Éstos tiros, a diferencia de los tuyos, apuntan sí a la cabeza!
·       



mercoledì, febbraio 04, 2015

EL TRABAJO DE LA DANZA EN LA ERA DE LAS VIDAS SAGRADAS


Antes de dejar tras de nosotros el predicamento biopolítico y en modo de delinear una nueva trayectoria política – o como Agamben prefiere llamarla, las políticas por venir – será de ayuda tomar una pequeña desviación y dilatarse en una muy curiosa manifestación de la biopolítica, una que nos llevará a través una pequeña historia sobre, créanlo o no, el ballet.
            Christina, Reina de Suecia, estaba por celebrar su veintitrés aniversario cuando René Descartes, el “padre de la filosofía moderna” de cincuenta y tres años, se unió a su corte en Estocolmo. Propio de su joven edad y de la estatura de una de las personalidades más poderosas en la Europa del tiempo, ella insistió en que Descartes bailara en su próximo ballet de corte. Cuando el filósofo valientemente la rechazó, ella exigió entonces que él fuera el escritor del libretto para la presentación. Éstas son las circunstancias que ostensiblemente llevaron a la composición del último texto de Descartes, El nacimiento de la Paz, un addendum por demás extraño a su obra que constituye su única aventura conocida en la poesía y la política. A pesar de que la autoría de este texto ha sido recientemente cuestionada, resulta difícil no ser sacudido por el libretto como tal.[1] En esencia, éste no es nada menos que una recreación condensada del Leviathan de Hobbes en danza y verso.
            El ballet inicia con una guerra de todos contra todos que sólo se tranquiliza hacia la mitad de la danza, cuando Pallas – interpretada por la Reina Christina en persona – entra en escena. Otros dioses que interpretan papeles secundarios en el elenco poseen ciertas disposiciones bien conocidas. Por ejemplo, Marte ama la guerra mientras que Tierra la aborrece. Si estos dioses actuaran en contra de sus inclinaciones – si Marte de improviso buscara la paz mientras que Tierra la rechaza – ellos estarían en pleno título incurriendo en culpa por abandonar sus destinos. Pallas (o Christina), por otra parte, se dice carece de esta natural consistencia (o constricción). Ella es una y la misma tanto en la paz como en la guerra; ergo, está prohibido incluso atreverse a verificar o fiscalizar su juicio. Otra yuxtaposición sorprendente involucra el corps de ballet que interpreta a la caballería. El libretto los presenta como brazos flexibles y resistentes bajo el comando de Pallas, quien es presentada en cambio como una sola alma que todos ellos comparten. Aquí, sin embargo, se encuentra el elemento probablemente más subversivo de esta danza: el corps de ballet representa el ejército (y por sinécdoque, la entera población) como simples cuerpos (corps) sin mente propia; pero Pallas, la soberana, no es ni la coreógrafa ni la libretista ni la espectadora sino otro bailarín más, un cuerpo presente físicamente mas que un alma verdaderamente evanescente. Pallas es Christina en la carne, saltando y girando para el disfrute de todos. No es coincidencia, èsta idea está encapsulada en el nombre mismo de ella: Pallas es otro apelativo para Atenea, la patrona de la gran polis griega. Mientras que el nombre Atenea deriva, como explica Platón, de “entendimiento” y “pensamiento”, el nombre Pallas “deriva de su danzar armada y en armadura.”[2]  Si la historia sobre la negativa de Descartes para participar en la danza es verdadera o falsa, y si él fue o no de hecho el autor del libretto de este incendiario performance barroco, lo hechos de la cuestión son que dos meses después del espectáculo el filósofo fue encontrado muerto, y cuatro años después de su muerte la reina voluntariamente abdicó al trono, pasando el resto de su vida en el exilio.
            La idea que sea posible hablar sobre la danza, que el movimiento del cuerpo danzante pueda ser articulado y capturado en un lenguaje crítico y sistemático, que pueda ser “problematizado” (para usar el término de Foucault), encuentra su soporte decisivo en la península italiana durante el siglo XV. Previamente, los léxicos muestran muy poca evidencia de palabras que describan movimientos específicos de danza. Durante el Renacimiento, sin embargo, por lo menos tres tratados fueron dedicados a la materia: el primero por Domenico da Piacenza, y dos más por sus estudiantes, Guglielmo Ebreo y Antonio Cornazaro. Los humanistas creían que una mente elocuente estaba incompleta sin un cuerpo elocuente. El movimiento gracioso era percibido como una manifestación directa de una aguda inteligencia. En consecuencia, ellos no veían al cuerpo danzante como separado del pensamiento, sino como lenguaje que constituye una gran parte y parcela del mismo. La danza fue concebida por primera vez como un arte, como un elemento importante del gran arte de vivir. Junto con la pintura, la arquitectura, la poesía y la ciencia, la danza se volvió parte integral en la edificación de seres humanos. Sin embargo, conforme el ethos del Renacimiento viajó con Caterina de´Medici a través de los Alpes en el siglo XVI, éste se fue esencialmente perdiendo en la traducción. Cuando los dignatarios extranjeros hacían visitas oficiales a Versalles, la falta de un lenguaje común se compensaba con las espléndidas danzas orquestadas por Caterina, ahora esposa de Enrique II. Esos ballets son algunos de los primeros ejemplos de propaganda de estado, finalizados a la glorificación del poder de Francia. Ellos demuestran como la nación-estado moderna y el ballet “clásico” entraron en la escena europea al mismo tiempo. Aunque la gente siempre ha danzado y siempre danzará, la historia del ballet es inseparable de la historia de la política moderna.
            Así las cosas, el ideal del “arte de vivir”, que informó el discurso sobre la danza en el Renacimiento, gradualmente dio lugar al discurso sobre técnicas para el disciplinar cuerpos y gobernarlos sobre el escenario: la elocuencia transformada en control y el agente pensante transfigurado en un obediente aparato. Incluso hoy, el entrenamiento de la ballerina clásica es uno de los mejores ejemplos de las formas en las que el poder y el saber pueden inscribirse dentro de un cuerpo humano. Caminar, probablemente el gesto más básico del Homo sapiens, es violentamente alterado de dos maneras: primera, las piernas giran hacia fuera en vez de hacia delante; y segunda, el balance entre el talón y los pulgares es rechazado a favor del predominio de las puntas. Las escuelas de ballet del siglo XVIII y XIX incluso utilizaban artefactos mecánicos especiales para lograr esas contorsiones en los pies de las bailarinas. Tan reciente como a principios del siglo XX, un prominente crítico francés podía por lo tanto escribir: “¿Se preguntarán si estoy sugiriendo que el bailarín es una máquina? ¡Pero desde luego que sí! Es una máquina para fabricar belleza, si es que de alguna manera es posible concebir una máquina que en si misma sea una cosa viviente y que respira.”[3] Pero más allá de la metáfora mecanicista, los bailarines de ballet fueron siempre concebidos como el símbolo secreto de la política del cuerpo. La pureza e inocencia de la ballerina, mientras es graciosamente levantada por su acompañante masculino, señalan que su frágil cuerpo es ofrecido como el sacrificio último a los ojos del soberano o del espectador lleno de si. Si hay una figura que encarna en su trabajo estas inquietantes corrientes subterráneas en el campo de la danza (como Leni Riefenstahl en el cine, Carl Schmitt en el derecho y Heidegger en la filosofía), se trataría entonces de Rudolf Von Laban. Laban se hizo de nombre famoso en tanto inventor del más influyente sistema de notación para la danza, además de contribuir de manera importante para la transformación del ballet clásico en una moderna práctica codificada. Es menos noto el hecho de que también dirigió, como dedicado oficial Nazi bajo el mando de Goebbels, un programa finalizado a establecer una disciplina que él llamo “danza total”. Una vida para la danza, el título de su biografía escrita en 1935, comunica de una forma más bien escalofriante el mito sacrificial que la comunidad dancística aún hoy lucha por superar.[4]
            El intento definitivo de purgar este mito sacrificial – marcando así el verdadero umbral entre ballet “clásico” y danza “moderna” – fue emprendido por el Ballet Russes. A pesar de su nombre, la compañía tenía su sede en París, habiendo dejado atrás las escuelas de ballet operadas por el estado en Moscú y San Petersburgo, y poniendo distancia respecto al poder político institucional. Su bailarín estrella, Vaslav Nijinsky, comenzó su carrera a la edad de diez años cuando fue admitido a la Escuela Imperial Rusa de Danza. Como los otros niños ahí, fue separado de sus padres biológicos y fue, para todos los efectos y propósitos, adoptado por el Tsar. Las innovadoras producciones del Ballet Russes eran aquellas coreografiadas por Nijinsky en persona. Entre sus cuatro creaciones, fue la tercera, La consagración de Primavera, la que nos sirve como paradigma. Aún si una documentación completa de la coreografía original ya no existe, podemos con seguridad decir lo siguiente: En vez de utilizar la clásica rotación hacia fuera de las piernas, los bailarines de Nijinsky recibieron indicaciones de girar los pies en modo que los dedos gordos estuvieran extrañamente uno frente al otro. En vez de levantarse sobre las puntas en un intento fútil por tocar el cielo, golpeaban con los pies el pavimento. La danza cuenta la historia de un sacrificio humano durante la celebración de primavera, una ofrenda por un nuevo comienzo. A pesar de las expectativas, Nijinsky no pretendió para si mismo el papel del bailarín principal, aquél que danza hasta la muerte, dado que aparentemente quería mantener la carga tradicional del símbolo de la ballerina mujer, la perfecta ofrenda sacrificial. El escándalo que se desató durante la premier en 1913 es hoy materia de leyenda. Aquellos que reivindican que la modernidad nació en este momento preciso (gracias también en buena medida a la música de Stravisnky), quizá no necesariamente estén exagerando.
            Cinco años después, a veintiocho años de edad, Nijinsky dejó de bailar y coreografiar. Comenzó su último recital, que dijo trataba sobre los horrores de la Primera Guerra Mundial, diciendo a su audiencia, “Voy a mostrarles como vivimos, como sufrimos, como creamos nosotros los artistas”. Luego se sentó en una silla sobre el escenario por media hora sin moverse. Cuando fue incitado por los espectadores para que comenzase a bailar, él replicó enojado: “¡Cómo se atreven a molestarme! No soy una máquina. Bailaré cuando sienta ganas de hacerlo.”[5] Para ese momento ya le habían diagnosticado esquizofrenia, mal que padeció por los restante treinta años de su vida. Fue atendido por el psicólogo existencialista Ludwig Binswanger, a quién una vez dijo que su cuerpo no era suyo, que alguien más lo movía. Cada vez que alguien se le acercaba durante sus últimos años, en los que esencialmente era un inválido, lograba aún decir, muy clara y coherentemente, “Ne me touchez pas” (No me toquen), las mismas palabras del Cristo resucitado cuando se le acerca María Magdalena.[6] “Soy el intocable,” quizá quería decir Nijinsky, “por que mi cuerpo danzante, que fue sacrificado para que otros pudieran vivir, ya no es sólo un cuerpo físico, igual que el cuerpo glorioso del bailarín sobre el escenario ya no es una vida desnuda sino una vida que no puede ser separada de su forma.” Años después de haber dejado los escenarios, un viejo conocido de visita en el sanatorio le pidió a Nijinsky que bailara. Luego de un largo momento de silencio y quietud, y para sorpresa de todos, él de repente se puso de pié, saltó en el aire y revoloteó allí con sus brazos y palmas extendidas el tiempo suficiente para que un fotógrafo hiciera sacara una foto. Al mirar esta imagen, surge en su movimiento suspendido la tentación de ver ahí el icóno de un nuevo messias que se ha desecho de la cruz, o bien el de un nuevo soberano que se ha desecho tanto del bastón, como de la espada.[7]

            Stéphane Mallarmé afirma que la danza es una forma de escritura, que el cuerpo del bailarín escribe una poesía sin aparatos de escritura. De ahí la noción de coreo-grafía, o escritura de la danza. Agamben inicia “El cuerpo que viene”, un breve ensayo sobre la danza (uno de sus intereses menos conocidos), contraponiéndose a esta idea ampliamente extendida: “La danza no se presenta aquí como una escritura, sino como una lectura. No obstante, el texto que ha de ser leído está perdido; o más bien, resulta ilegible. De acuerdo con la hermosa imagen de Hofmannsthal, ‘el bailarín lee aquello que nunca fue escrito.’”[8] La danza moderna, que ha ido prosperando durante el siglo pasado desde el ascenso de Nijinsky a la fama, es un testamento viviente de la posibilidad de leer aquello que nunca fue escrito en el libro de nuestras vidas modernas. El fuerte vínculo entre el ballet y la política apenas esbozado, intenta mostrar por que, quienquiera que desee participar en uno de los más prometedores y urgentes proyectos intelectuales de nuestro tiempo, es decir el esfuerzo por imaginar las políticas por venir, puede encontrar en la danza moderna una fuente importante de inspiración. Para los escépticos, Baruch Spinoza advierte, “Ellos aún no saben lo que puede hacer un cuerpo”.[9]

[Extracto del libro The Power of Life, de David Kishik,
 Standford University Press, California, 2012, pp. 27-32.]


[1] Richard A. Watson, Descartes´s Ballet: His Doctrine of Will & Political Philosophy (South Bend, IN: St. Augustine´s Press, 2007).
[2] Plato, Cratylus, in Complete Works, ed. J. M. Cooper (Indianapolis: Hackett, 1997), 124 (406d-707c).
[3] André Levinson, “The Spirit of the Classic Dance”, in Dance as Theatre Art, ed. S. J. Cohen (Princeton Book Company, 1992), 117.
[4] See Lilian Karina and Marion Kant, Hitler´s Dancers: German Modern Dance and the Third Reich (New York: Berghahn Books, 2003), 101.
[5] Romola Nijinsky, Nijinsky (New York: Simon and Schuster, 1980), 424-25.
[6] Peter F. Ostwald, Vaslav Nijinsky: A Leap into Madness (New York: Carol Publishing Group, 1991), 279.
[7] Romola Nijinsky, The Last Years of Nijinsky (New York: Simon and Schuster, 1980) xiv.
[8] Giorgio Agamben, “Le corps à venir,” Les saisons de la danse 292 (May 1997): 6.
[9] Baruch Spinoza, The Ethics, Treatise on the Emendation of the Intellect; Selected Letters, trans. S. Shirley (Indianapolis: Hackett, 1992), 106.

mercoledì, ottobre 15, 2014

INNATO CRÓNICO APRHENDIDO


Diciendo infame me despierta. No ha nacido.
Sus ojos hasta en la sopa: pequeños, agudos, ciegos,
no me miran.
Durante la revolución un pintor saturnino jamás pintó una bala
y así, esa bala no nacida iguala a un hijo escape, cañería.
El no padre piensa (no actúa), y lleva hasta la orilla todo su pensar mientras se escuchan magnificadas consignas de años atrás. Entonces se mira entorno:
“Niños mojados se secan secando un lago”, dice el encabezado.
López, el oficinista, regresa después de una pausa al honorable despacho. Comió moronga de más y le ha sentado pesada. Pesada como Betty, la secretaria más exuberante, la que echó a Irma y jamás ha puesto en problemas al licenciado y menos aún ha aceptado los piropos que López con amor en cada oportunidad le regala.
Castellucci y Julio César en el Galeón repiten el èxito.
Un amigo (amigo amigo como sólo los jóvenes lo son), dice que le dicen que tiene futuro, que su trabajo deja pensando y que todo eso tiene sentido.
Sucede, sin embargo, que diga también que el sentido se ha vuelto chiquito: ¡Copèrnico! ¡Maldito seas Copèrnico!. Y en esa crisis del sentidito el sentido se pone a hablar de su suicidio. Frente a tan espinoso argumento el hombre de gusto increpa: No hay nada más repugnante y falto de sentido estético que hablar del propio suicidio. Sobre todo y cuánto antes cuando no se lo comete.
¿Pa´ que morirse así? pregunta el joven y le digo (por el sentido intercediendo), que no importa tanto el cómo morir sino más bien el bien dejar de vivir. Un dejar agridulce como toda amorosa despedida. El hombre de gusto entonces se sale de sus casillas, también de sus apartamentillos y de los amorcillos que los frecuentan. Sale pues de todas sus pequeñeces, entre las que se incluyeron la grata socialidad que regalan las aspiradoras y también, desde luego, los viajes, las Barbies y los aceleradores de partículas.
Una madre mientras tanto se pregunta còmo parar el mundo. Se quiere bajar.
¡Qué crónica muerte que es la vida! exclama un joven en Aleppo. Su amigo pequeño rìe en sardónicas carcajadas, demasiado grandes para su edad.
Otro màs acà se mira en el espejo y enceguecido por el horror se arranca la mitad de los cabellos, se saca la lengua a punta de insultos y estrellando contra su reflexión la cabeza finalmente consigue echarse a dormir una siesta.
Mientras, el cerdo canta.

El cerdo ha cantado: Mi hermano anda otra vez desaparecido y la suya no es una desaparición forzada, sino más bien más o menos voluntaria. Entre agujas paradójicas de volición, Alexandro fue decidido por su estar indeciso y no lo culpo, más bien más o menos lo amo al cabròn. Ladrón luciferino.

“Si tu mañana es tranquila mañana podemos vernos”, le escribo a Hana por el WhasApp. No contesta y no sé cómo pero sí, mañana será otro día.