Nos gustan los plurales, las aliteraciones como nosotros y las palabras desordenadas. Escribimos por necesidad.
lunedì, febbraio 17, 2014
esperanzas
Coyoacán.
Suena la fuentecita y el organillo.
Las hojas susurran secas a un viejo de pantalón gris,
chaqueta marrón, sombrero años cincuenta y lentes de gruesa pasta y fondo de botella.
El viejo compra el uno.
El vendedor de lotería recomienda.
El viejo enciende un Marlboro y saca del bolsillo interior de su chaqueta las últimas apuestas contra toda posibilidad.
Revisa la lista de los ganadores cuando el rumor de la plaza se suspende frente al rudo romper riguroso y redundante de esos desechables papelitos sin valor.
Con el cansancio de un organillero bajo el sol y atrapado en un eterno retorno, el viejo se levanta,
y paso por paso a pasito, muy despacito, atraviesa con atávica fatiga los tres metros que separan su vetusta mole del más próximo basurero.
Una vez despejado de inmundicia, el viejo retorna con igual lentitud hacia la banca, el Marlboro y hacia las recién adquiridas promesas, contra toda posibilidad, que pacientes lo esperan del otro lado
Si algún viejo buen maestro dicen que dice, quizá fuera de su contexto, que la esperanza, para ser tal, se deposita en el infinito, entonces a ese amante de las mayúsculas, este pobre minúsculo viejo tiene algo que enseñar.
giovedì, novembre 14, 2013
LA FIRMA DE LOS PECES ORADORES
COLOQUIO TRADICIÓN e INNOVACIÓN EN EL TEATRO
INNOVACIÓN EN LAS FORMAS DE PRODUCCIÓN
No soy un gran frecuentador de coloquios. No es que me disgusten,
simplemente rara vez algo realmente acontece en ellos, algo como que un orador
se convierta en pez que luego es pescado con una pregunta-carnada. Eso (quizá)
tampoco sucedió en esa primera entrega del coloquio Tradición e Innovación en el Teatro: Innovación en las formas de
producción.
El setting, en la sala
Carlos Chavez del CCU, ya prometía poco: del lado izquierdo, los funcionarios
de la cultura, Juan Meliá y Enrique
Singer; del lado derecho, casi como si el orden en el que estaban sentados
implicara un incremento en su virulenta radicalidad (aunque en sentido estricto
todos los invitados son dulces anomalías), estaban sentados los artistas:
Mariana García Franco, Rubén Ortiz, Antonio Zúñiga, Jorge Vargas, Héctor
Bourges y, representando a Luisa Pardo, una carta de su autoría. Ironías del
fin de la representación.
Singer, en tanto moderador,
hace una breve introducción, presenta a los presentes y les cede la palabra por
cinco minutos a cada uno. El tema, innovación en las formas de producción, es
vasto y problemático. No soy capaz ni me interesa reconstruir aquí posturas ni
imposturas. En mi cuerpo (y en mi libreta), como siempre, han quedado sólo
algunos destellos, algunas preguntas fulminantes junto ciertos deseos más bien
pillos. Lo que más me interesó fue, en general, aquello que no se mencionó
(quizá por eso ahora, al menos en diminuta parte, lo escribo). Ya Bourges hizo
mención de aquello que no se mencionó: Extrañamente, aunque el coloquio se
llamó innovación en las formas de producción, los participantes, incluido
Singer, hablaron (beato lapsus), de modos
de producción, termino de fuertes resonancias marxianas.
Hoy la historia del modo de
producción capitalista, así como la de los ejercicios comunistas, nos impiden
compartir por entero todos los presupuestos y las conclusiones del aparato
marxista. Extrapolando las sugerencias que Didi-Huberman desarrolla en el libro
Supervivencia de las luciérnagas, hoy
imaginamos un Marx que dejó de ser un gran faro de luz roja, para convertirse
en una discreta y sensual luciérnaga. Luciérnaga que busca amantes en esta
larga noche de los tiempos.
¿Qué es pues, para Marx, un modo
de producción? Suponiéndonos pseudo-dogmáticos, un modo de producción es
una mezcla o combinación, es una compleja y precisa estequiometria de, por una
parte las fuerzas productivas
(trabajadores + conocimientos disponibles + medios materiales), y por otra sus relaciones de producción (simplificando,
la distribución social del poder y la propiedad). Todo el devenir del hombre,
con sus revoluciones y sometimientos, se resuelve, para el materialismo
histórico, en esta compleja estequiométrica. De tal suerte, por el “azar de la
necesidad” y habiendo llegado el “justo tiempo”, cuando las fuerzas productivas
no podían o no pueden desarrollarse, entonces ha llegado y llegará, inevitable,
la Revolución. Sacra y necesaria Revolución que ha transformado y transformará
las relaciones de producción, las cuales impiden, en tanto obsoletas, la
inauguración de la Historia del Hombre, que avanza en la siempre triunfante
marcha del progreso.
Para Marx, cada modo de producción ha correspondido a un momento en la
historia de la civilización: modo de producción antiguo, feudal o capitalista.
En otras palabras, en tanto suma de las condiciones materiales y espirituales
para la reproducción de la vida, el modo de producción expresa, en forma
sintética, una determinada forma de vida.
No entraremos aquí en problemas de
conciencia (o falsa conciencia). Hemos dicho que los diversos modos de
producción determinan las diversas formas
de vida. Formas de vida, formas de hacer teatro y formas del teatro, es
decir, estéticas teatrales, están relación. Sin embargo, estas relaciones no
son siempre claras ni mucho menos lineales. Sin duda, la estética isabelina es
expresión de una determinada forma de vida en un determinado momento histórico,
con su correspondiente modo de re-producir la vida humana, no obstante, dicha
estética no puede reducirse a su modo de producción ni viceversa. Entre el
artista y su obra, entre la estética y su producción, existe uno hiato, un
abismo, que no nos permite necesariamente inferir uno a partir del otro. Así
pues, simultáneamente, el modo de producción determina la estética al tiempo
que esta última no se reduce al modo de producción que la actualiza. Puentes
inaparentes se lanzan entre ambos ámbitos, semejanzas invisibles que ponen en
relación ambas orillas, de un lado concediendo efectividad y actualizando la
estética, y del otro haciendo inteligible su modo de producción. A estos
misteriosos vínculos podemos darles muchos nombres (nunca encontraremos el
justo). Llamémoslos aquí las signaturas,
o mejor, las firmas. Es la firma del
artista la distancia y cercanía entre la forma de su obra y la forma de su vida,
es la firma del artista la que, en un gesto sólo, en un tiempo sólo, las rompe
y las unifica.
Hace una semana, en el coloquio que
nos interesa, se dio por hecho una afirmación en la que es necesario detenerse.
Se supuso una verdaderas diversidad en los modos de producción. Sin duda existe
una diversidad en las estéticas, pero ¿existe de verdad una diversidad profunda
y radical en los modos de producción? Fue de nuevo Héctor Bourges quien puso el
dedo el llaga. Su actitud y comentarios empapados de un cierto cinismo muy
contemporáneo y muy alemán son pertinentes. En realidad, el universo teatral
mexicano, en toda su riqueza y diversidad, es profundamente pobre, reflejo de
nuestro país. El teatro en México, en su variante “cultural”, ha sido dominado
por un grupo preciso, que en general ha recibido apoyos por parte de las
instituciones públicas. Además, todos, sin excepción, estamos inmersos, en
mayor o menor medida, en la noche de este capitalismo avanzado global. Hoy,
vida y capitalismo se identifican. A muchos parece muy difícil (si no
imposible), pensar otras formas de vida fuera de este sistema en aparente perpetua
putrefacción. Bourges habló de un teatro des-identificador de vida y
capitalismo, y en tanto tal, un teatro que es práctica de posibilidades de
apertura a diversas formas de vida. Un teatro desmodernizante… También el
maestro Jorge Vargas planteó una idea similar con su concepto de una marca que
se desmarca, de una forma que deconstruye
y se deconstruye. La cuestión es que en tanto desmodernizante y desdiferenciante,
el teatro renuncia a su autonomía. No un espacio-actor especializado, sino una
práctica teatral que penetra y se deja penetrar. Práctica hermafrodita,
ambigúa, que se desplaza al tiempo que desplaza el modo de producción teatral a
el modo de re-producción de la vida. Doble infiltración o migración. Fin de la
autonomía y crisis de la representación y de la soberanía. Teatro como forma de
vida, lo que no necesariamente significa una vida teatralizada y menos aún
espectacular (aunque sin duda con la mayor frecuencia lo sean). La maestra
Mariana García Franco indicó, discreta y precisa, el nudo de la cuestión
haciendo referencia a Bakhtin: “la vida y la escena en su congruencia”, pero
fue Luisa Pardo, en su ausencia, la que señaló, concretamente, algunas
posibilidades de producción que prueban y dislocan los límites del modo de
producción capitalista. Un ejemplo simple: una política de reducción de la
basura que genera nuestra producción teatral. Pregúntele a la Compañía Nacional
de Teatro diría Rubén Ortiz, y yo lo seguiría.
¿Pero
que dijeron los funcionarios culturales de todo esto? Por un lado, reconocen,
hasta cierto punto, la necesidad de diversificar los apoyos, descentralizarlos,
de apoyar experiencias procesuales, grupos que buscan establecer diversas
formas de vida y con ellas diversas formas del teatro. Por el otro, naturalmente,
defienden y apoyan la situación actual. En este sentido Enrique Singer llegó al
paroxismo. Cuando Ortiz y alguien del publico insistieron sobre la
obsolescencia, injusticia y derroche que representa la Compañía Nacional de
Teatro y en general toda concentración (capitalista), de los recursos
(capitalistas) de producción, Singer comentó que tiene 30 años escuchando lo
mismo, y que por lo tanto habría que hacer, de alguna manera, oídos de pescado.
¡Es verdad! ¡Qué aburrido! Siglos de injusticia, los pobres siguen diciendo lo
mismo, las injusticias siguen siendo las mismas, los teatristas se siguen
quejando de lo mismo. Entonces seguramente se trata de un falso problema digno
de ser rotunda y obscenamente ignorado. Meliá, por su parte, sugirió que a los
creadores teatrales mexicanos nos falta hambre. Pensé en Artaud: "No me parece que lo más urgente sea defender
una cultura cuya existencia nunca ha liberado a un hombre de la preocupación de
vivir mejor y de tener hambre, sino extraer de aquello que se llama cultura ideas
cuya fuerza viviente es idéntica a la del hambre." Creo que Meliá tiene
razón pero erra el sujeto de su afirmación, proyectando sobre nosotros la
obtusa saciedad de su sí mismo.
Cierro
con un aspecto entrañable y positivo. El trabajo de Zuñiga en el barrio. Forma
de vida y de teatro ejemplar.
domenica, settembre 15, 2013
CONTRA LA INERCIA LA MEJOR VIOLENCIA
Por Una Economía Estratégica De La Protesta
Siete mil millones de
seres humanos nos movemos a más de ciento siete mil kilómetros por hora
alrededor del sol y a casi un millón de kilómetros por hora alrededor del
centro de nuestra galaxia, pero aquí, sin embargo, nada se mueve. Al mismo
tiempo, cargamos sobre nuestras conciencias al menos los últimos cinco siglos
de historia de occidente, sino es que los últimos dos mil o seis mil años. Y
sigue, llega la mañana, la marabunta se levanta, los obreros a la fábrica, los
niños a las escuelas, los ejecutivos a sus oficinas al tiempo que, en el otro
lado del mundo, la marabunta se echa exhausta a dormir. Lo único que nunca se
detiene es este enorme quasi-mecánico dispositivo. Todo se mueve y a la vez
todo permanece igual. Todo se mueve para que todo permanezca igual, y a todo
este todo, en mi pequeño pueblo entre las nubes, se le llama inercia.
Pocos, sino es que
ningún hombre o mujer contemporáneo, defienden sinceramente la realidad
inercial en la que, sin movernos, nos movemos. La devastación ecológica
planetaria, la holocáustica desigualdad económica y la profunda crisis cultural
e institucional son sólo algunos de sus índices más evidentes. Los más los
señalan con preocupación, con cinismo o con
angustia, mientras siguen haciendo lo mismo que hicieron ayer. Por otra parte,
hay quienes creen, sincera o falsamente, que empujando con suavidad hacia acá o
hacia allá, con el tiempo, esta monstruosamente enorme masa en movimiento
cambiará de dirección. Hay quienes esperan, quienes desesperan, hay quienes se
aprovechan y hay también aquellos, quizás los menos, quienes como un David
microscópico frente a un gigantesco Goliat, heroicamente luchan para cambiar de
dirección. Lucha heroica y también frecuentemente trágica, pues, frente a semejante
inercia, la honda y la piedra parecen obsoletas, el gesto fútil y el resultado
nulo o incluso contraproducente.
En
los últimos doscientos años, desde los tiempos de la ilustración (aunque hay
quienes opinan que desde el inicio de las grandes civilizaciones), los hombres
se han especializado no sólo en el dominio y explotación de la naturaleza, sino,
también, en el dominio y en el gobierno de otros hombres, fuente privilegiada
de valor y de saber. De hecho, toda la historia de la civilización occidental
puede observarse desde esta perspectiva, atroz y terrible como nuestros tiempos.
Una historia o prehistoira de opresión material y espiritual de los hombres
hacia los hombres (y el planeta entero),
que unida a la situación actual de emergencia global, se vuelve aún más
absurda e indignante si se considera que, desde hace casi un siglo, dicha
explotación devino completa y totalmente innecesaria. Hoy sabemos que las
crisis económicas no son por escases, sino por sobreproducción, y sabemos
también (si queremos y podemos), que el sistema actual, tal y como está
estructurado y de acuerdo a su movimiento inercial, no resuelve problemas, sino
que los produce y sostiene, en tanto aquellos resultan más redituables para
algunos pocos, encaramados como están en sus sólitas cúspides nebulosas.
Bajo distintos nombres, máscaras y
novedades, los dispositivos de control y administración, los sistemas y las
técnicas del dominio de los hombres sobre los hombres se han refinado, especializado,
multiplicado y, sobre todo, han devenido ubicuos, están en todas partes y han
penetrado enteramente el ensamble social. Dichas tecnologías de la sujeción, de
la explotación y el disciplinamiento, han sufrido y hecho sufrir en un continuo
y minucioso proceso de racionalización que, además de volverlas infinitamente
más eficientes y eficaces, también las ha hecho mucho menos visibles. Si éstas,
por necesidad o estrategia se manifiestan, lo hacen también para demostrar su
aparente invencibilidad. Los “gobernantes”, administradores de la explotación,
han aprendido bien sus lecciones sociológicas, psicológicas y de economía
política. En los vertiginosos doscientos años que han pasado desde las
revoluciones burguesas, ha sido posible sostener niveles de injusticia y desigualdad
intolerables bajo otros sistemas político económicos. ¿Cómo es esto posible?
¿No debería haber sucedido ya una transformación profunda? ¿Por qué no ha
sucedido? ¿Está por suceder? ¿Qué senderos, estrategias locales o generales
adoptar o rechazar? Preguntas muy difíciles para las que se han dado muchas
respuestas, en general insatisfactorias. La voracidad asimiladora, digestiva y
neutralizante del capitalismo global, su persistencia y resistencia, son un
problema verdadero. Hoy resultaría ingenuo suponer que los múltiples esfuerzos
de resistencia que se llevan a cabo, en formas y niveles muy diversos, están
teniendo éxito contra esta maquinosa maquinaria aplastante. La realidad de los
esfuerzos que se oponen al actual sistema, en México, en América del Norte, en
Europa en Oriente o en África, es, por decir poco, desalentadora. Por ello es
necesario y urgente reflexionar sobre las estrategias de oposición,
resistencia, protesta y lucha, actualizarlas a la economía política de la
represión, control y disciplinamiento contemporánea, desarrollar nuevas
tecnologías de la protesta, nuevas economías estratégicas de lucha. Frente a la
violencia del mecanismo, es necesaria mayor violencia, pero sobre todo, mejor
violencia. Esto lo han entendido muy bien los detentores de los poderes e
intereses: multiplicando, difuminando, minimizando y focalizando el ejercicio
represivo y dominador, de modo que éste resulta enormemente más estable y
eficaz. Es mucho más económico el cálculo de dejarlos ocupar las plazas o las
calles, dejarlos manifestarse, hasta que cansen o se cansen, es mucho más
barato políticamente “contener” los movimientos pacíficos, esperar a que
desesperen, y si no desesperan, hacerlos desesperar o mandar a otros
desesperados asalariados halcones y provocadores. Ningún movimiento, de los
cientos, quizás miles, que han tenido lugar en los últimos años (con dignas excepciones
a la regla), han obtenido lo que buscaban. No podemos entonces seguir
repitiendo las estrategias, no tiene ningún sentido continuar con las mismas prácticas
de resistencia, o peor, depender de la coyuntura y la casualidad, esperando
mesiánicamente que el batir de las alas de la mariposa desencadene una protesta
capaz de una transformación nacional o global (por cuanto este ordenarse del
azar sea, de alguna manera, siempre necesario para un evento). Las reacciones,
sean éstas violentas o diplomáticas, son siempre precisamente eso, reacciones,
y la reactividad parte ya en desventaja contra el mecanismo, especializado en
el cálculo costos-beneficios, maestro de la anticipación por proyección de
escenarios posibles. Tampoco es suficiente sólo apostar a un cambio privado o
interior, un desistir en los intentos de cambiar el mundo para comenzar por
cambiarnos a nosotros mismos (por cuanto esto sea necesario), o bien, suponer
que, aplicando las nuevas tecnologías a las viejas estrategias estas se
volverán más eficaces. Como si decir hoy por Twitter lo mismo que se decía hace
años de alguna manera lo actualizara volviéndolo capaz de penetrar y cambiar la
dirección inercial y de colisión que la masa multiplica. Esa capacidad de
reformulación estratégica del discurso y de la práctica fue uno de los grandes
aciertos de Marcos y el EZLN, que les facilitó también la resonancia nacional e
internacional de la que aún gozan. Resonancia y prestigio quizá disminuido en
virtud también de décadas de confrontación con esa economía política de la
represión, que en un totalizante autoritarismo perverso coloca, en un mismo
bando, a los policías antimotines, a los visitadores de las comisiones de
derechos humanos y a los medios masivos de comunicación.
Quiero ser claro, no estoy condenando las
formas actuales de protesta y de ninguna manera mi juicio tiene un carácter
moral. Estoy simplemente hablando de estrategia. Respeto y admiro a los
compañeros que marchan, que ocupan plazas y edificios públicos, que bloquean
calles, que lanzan piedras y bombas molotov a la policía antimotines. Su
violencia está completa y plenamente justificada, incluso para Hegel en la
forma de su Notrecht, el derecho
excepcional en este permanente estado de excepción. Su acción, corresponde al
derecho de aquel al que le han sustraído incluso el derecho a tener derechos
(de manifestar, de organizarse, de ocupar un espacio público, de una vida
digna, de salud, de justicia, de trabajo, de debido proceso; derechos
universales que, sin embargo, encuentran siempre su límite en alguna
circunstancia de excepción, p.e. el derecho a la libre circulación de terceros
o el derecho a realizar celebraciones patrióticas en una plaza ocupada o el
derecho a comprar un parque y construir un centro comercial). El problema es
que, sencillamente, desde hace tiempo esas estrategias prácticas y discursivas
funcionan poco, o mal, o no funcionan o peor, son funcionales a los intereses
establecidos y a su decisión política de continuar con la actual explotación.
Las marchas pacíficas fueron eficaces en algunos casos, se piense a la enorme
violencia ejercida por Gandhi (mucho mayor que la de Hitler dice Žižek para
provocarnos). Y es que en efecto, un cambio de dirección para esa enorme masa
inercial implica, necesaria y rotundamente, una enorme resistencia. Resistencia
tal, que no es siquiera percibida como resistencia, sino como mantenimiento de
la paz y del estado de derecho. El cálculo de la resistencia que ejerce un
movimiento no inercial es importante, pero, sobre todo, es indispensable una
estrategia concreta y eficaz para superar esas resistencias, sobre todo si,
como es el caso, éstas son de órdenes de magnitud considerables. Por eso, desde
una perspectiva estratégica, resulta económico presentarse como aquel que
moverá a un país hacia la modernidad, contra toda normal y comprensible
resistencia, cuando en realidad concretamente sólo se sigue en la misma
inamovible dirección.
Ahora bien, estas inversiones semióticas
como otros desplazamientos semánticos o sujeciones simbólicas, se aplican no
sólo ni exclusivamente a nivel centralizado, en los comunicados oficiales, en
las notas de las grandes cadenas televisivas, en la publicidad o en las
técnicas organizacionales de las empresas. Dichas tecnologías
semántico-semiótico-simbólicas o “sobre-estructurales”, por cuanto resulte
indigesto, reposan en la explotación y el aprovechamiento racionalizado de tendencias
naturales. Esto no significa que, como precisamente quisiera presentarse “el
mecanismo”, este sea el único o el mejor, en tanto es “natural”. Pero tampoco
puede ser pensado como algo distinto o separado de la "naturaleza". Expulsar la "naturaleza" (ideas físicas como inercia, entropía o equilibrios energéticos) de
la comprensión de los mecanismos sociales, significa, precisamente, cometer la
misma simplificación en la que caen los defensores del status quo: separarse de la "naturaleza" sólo para encontrarla de
nuevo, negada en el interno, y proyectarla objetualizada hacia el exterior. No
puede comprenderse ni destruirse el mecanismo sino se reconoce su capacidad
para capitalizar, sí de manera social, procesos o tendencias "naturales": energéticas, perceptivas, psicológicas, lingüísticas o mecánicas que sean.
Ahora bien, y esto es fundamental: saber racionalizar los fenómenos de acuerdo
a ciertos intereses no quiere decir, absolutamente, ni que los intereses sean
racionales ni que su racionalización sea la más razonable posible, sin embargo,
de acuerdo a la economía de esa racionalidad determinada, probablemente sino la
mejor, esa será una de las racionalizaciones más económicas en función de esos
intereses.
Dicho todo lo anterior, ¿cuáles son
entonces, concretamente, estas técnicas y tecnologías para una economía
estratégica de la protesta y de la lucha? La respuesta es clara y negativa, no
puedo saberlo. Sin duda, movimientos jóvenes y no tanto han tomado pasos en esa
dirección, pero la urgencia y necesidad apremian y hoy no resulta claro, ni
aquí ni en otros lugares del mundo, que tácticas correlativas a la potencia
disciplinante y seguritaria contemporánea estén siendo desarrolladas y puestas
en obra para contrastarla. La impresión es más bien de una posición ideológica
e inmediata contra otra, es decir, de una lucha que se supone natural contra fuerzas
que se suponen innaturales. Es necesario, en cambio, penetrar en la naturaleza
del maquínico mecanismo, salir de la inmediatez de la reacción para encontrar
estratégicamente los medios, multiplicarlos, volverlos ubicuos, afinar sus
puntos de aplicación en modo que su violencia tenga efectos y que esos efectos
sean los deseados, sobre todo en el nivel del imaginario, del ámbito simbólico
y pulsional (estrategias para transformar aquello que se desea). Sólo así, un
movimiento de los cuerpos será en grado de desplazar a los actuales voraces y
caoideos acaparadores de los medios de producción y comunicación.
domenica, aprile 07, 2013
PAISAJE MARINO CON TIBURONES Y BAILARINA
Cualquier cosa que pueda decir
aquí no será nada más que una historia, historia de amor y humor, “¡todo era
amor!” dice el poeta, “no había nada más que amor, amor pasado por agua, a la
vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor
ultramarino”.
Y del ultramar llegó ella a mis costas, a las costas de mi
isla desierta. Una noche sin luna el mar la trajo. Así la saqué del agua y
la traje a mi casa. Mi amiga y yo pensamos que tal vez había ido al mar a
morirse.
Yo, soy, por mi parte, el amor. Algunos me dicen “el bibliotecario”, a mi me gusta decirme escritor, pero en realidad soy el amor. El amor sin condiciones, ése que John y Alice llamaban El supremo. Ni hablar, ella tiene razón cada vez que me dice: “Tú estás más loco que yo”.
Yo, soy, por mi parte, el amor. Algunos me dicen “el bibliotecario”, a mi me gusta decirme escritor, pero en realidad soy el amor. El amor sin condiciones, ése que John y Alice llamaban El supremo. Ni hablar, ella tiene razón cada vez que me dice: “Tú estás más loco que yo”.
Ella llegó y me habla, y me gusta, me gusta
mucho. Viene de la gran ciudad, de vivir con un joven y guapo príncipe que
ganaba dinero vendiendo drogas y que terminó por abandonarla sin más,
llevándoselo todo. Vagó ella por la gran manzana, sin rumbo fijo, hasta que se
descubrió en el gran acuario. Frente a sus ojos, en una pecera inmensa, nadaban silenciosos con sus miradas gélidas que nunca parpadean. Ese es su mundo. Así
siempre se ha sentido: rodeada por tiburones.
“¿Por qué no me violaste cuando estaba
dormida?”
“Los que me quieren violar si no lo logran en
los primeros veinte minutos se cansan de mí y me corren en seguida.”
“He cogido con cientos de hombres. Una vez
estuve con tres en una noche. Tres tipos corpulentos que se turnaban para
cojerme en la parte de atrás de una troca. Creo que esa ha sido la mejor noche
de mi vida” Aquí nadie te pedirá hacer lo que no quieres, ser lo que no eres.
Ya ven, ya estoy enamorado, así, sin causa, sin culpa. Ella es hermosa, es la belleza. No quiero decir salvaje, es demasiado estúpido: belleza salvaje. Pero hay algo de la crueldad e indiferencia de la naturaleza en ella: tan cercana a la tierra, como la muerte, sensual y violenta, herida. Ella es desnuda vida que me insulta, me engaña, que desea hacer nacer en mí el odio y a veces me quiere destruir. Así, ella también es mi contrario. Si yo soy el amor, ella es el miedo (porqué el contrario del amor no es el odio, sino el miedo; el odio es lo único que el miedo deja pasar a través de los umbrales que somos, por eso los confundimos). Ella es, por amor a la vida, un miedo infinito a la muerte.
Ninguna domesticación entonces, ningún nombre
propio, ninguna propiedad o apropiación, ningún compromiso: “Si no das nada, no
es posible traicionar. Así no hay lugar para la culpa” dice ella (fue un pedo
enorme sacarle su nombre, se llama Tracy, y la interpreta Tato Alexander, quien
además es responsable por la excelente traición traductora del igualmente
excelente texto del Don Nigro).
Paisaje marino con tiburones y bailarina pues: Arena, seis o siete lámparas,
un rojo refrigerador y tantos, tantos rojos libros; un espacio dónde todo es
más que más: amor, odio, miedo y humor: Juego. Solo el juego libera, por
momentos, a estos dos locos de sus locuras, a ella la del terror, a él la del
amor. Cuando ella lo ataca con una sonrisa, cuando él la seduce con una
payasada, cuando ambos transforman, jugando, el ineludible destino que los
marca (porque ella se irá, y eso yo lo sé desde un principio). También en el
sueño son libres: ella danza en sueños y en sueños hacen el amor por primera
vez.
Pero
espera, ¿dijiste que ella se irá y que tu lo sabes desde un principio? Si, y no
podría ser de otra manera. No sería amor incondicional de otra manera. En
efecto, para que sea completo, ella tendrá que marcharse, me lo dijo desde un
principio: “Te voy a destruir, te voy a hacer sufrir como jamás has sufrido. Y
cuando pienses que ya no puedes más, entonces voy a aplastarte hasta que no
quede nada de ti” o algo así me dijo. Cuando luego insistió, más adelante, en su
incitación al odio yo respondí: “Tomar una decisión, yo decido que eres
tú, y eres tú, punto, tu turno”. ¿Qué restará después de su partida?
Bruno Bichir dirige e interpreta a este escritor que no escribe, amante Benjamín. En general parece que busca en su montaje trabajar la ligereza y sencillez, y lo logra espléndidamente, dejando para las pocas pausas y el piano de David Martinez los decensos en lo profundo. Tate falta al detalle y en general la velocidad invita a los actores a perder la vida del juego y de la danza (nada más transparente y plano que un juego que no se está jugando) pero su energía y oficio salvaron la entrega. Quizás no era posible montar de otra manera, no puedo saberlo, pero si sé que la velocidad era, en definitiva, la apuesta más baja. Todavía, sin embargo, salió vencedora.
Bruno Bichir dirige e interpreta a este escritor que no escribe, amante Benjamín. En general parece que busca en su montaje trabajar la ligereza y sencillez, y lo logra espléndidamente, dejando para las pocas pausas y el piano de David Martinez los decensos en lo profundo. Tate falta al detalle y en general la velocidad invita a los actores a perder la vida del juego y de la danza (nada más transparente y plano que un juego que no se está jugando) pero su energía y oficio salvaron la entrega. Quizás no era posible montar de otra manera, no puedo saberlo, pero si sé que la velocidad era, en definitiva, la apuesta más baja. Todavía, sin embargo, salió vencedora.
PAISAJE MARINO CON TIBURONES Y BAILARINA
De Don Nigro
Dirección: Bruno Bichir
Con: Bruno Bichir y Tato Alexander
Foro Shakespeare
Del 18 de enero al 7 de abril 2013-04-07
Viernes 20:00 hrs.
Sábados 19:00 y 21:00 hrs.
Domingos 18:00 hrs.
350$ morlacos (si compran su boleto el jueves, les cuesta la mitad)
martedì, agosto 28, 2012
Poètica Mòrbida
Suave,
muerta flota mòrbida, la poesìa.
Su vestido blanco desliza,
como pulpa de fruta dulce se derrama
sobre el agua,
libidos sus terciopelos huelen a
musgos,
y solo el rumor del agua,
distraìda,
en juegos,
rezagada,
en gargantas,
salpica
èste silencio.
¡Ay poeta!
!Ay poesìa!
Mìtica como Marìa,
Una Marìa alegre,
pequeña,
dicen.
Disfrazado de libélula
Zeuz la concibió en el seno de una
musa;
y ahora,
flota sola,
larga
sombra blanquísima.
Un rostro del otro lado del mundo
palidece.
y yo también me torno càndido,
aunque debería tornar mudo lo lamento;
pero pienso en èl, poeta,
esperando en el altar,
esperándola,
però,
mòrbida Marìa de amores ha hecho otros
la poesìa,
¡Ay poeta!
Tu que nunca amaste la muerte
¡Amaste a la muerta!
a la que amò la muerte y con su vestido
blanco con ella contrajo,
nupcias,
rompiéndose las manos,
mientras el fotògrafo
desde la orilla
veìa.
¡Ay poeta!
lo lamento,
si perdimos las fuerzas
y también perdimos el ingenio.
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